7/7/15

En un mundo en el que los peces llegan a la mesa sin espinas y las sandías sin semillas no es raro que tendamos a pensar que todo lo humano deba venir de fábrica listo para el placer. Esta mentalidad posindustrial lo abarca todo, lo material y lo inmaterial, aunque apenas sepamos dónde está la frontera o si realmente la hay. La búsqueda de la perfección nos hace intransigentes, sobre todo cuando más que búsqueda se convierte en exigencia. El mismo sistema que me trae el iphone 6 plus en una caja inmaculada y me permite retirar con la uña el precinto adhesivo es el que debe garantizar el estado en el que se nos presentan los demás asuntos de la vida. No es que seamos idiotas, es que nos hemos infantilizado a base de querer comprar felicidad. Pensamos que la complejidad de la vida debe ser resuelta en alguna empresa californiana llena de genios adolescentes que hacen skate por los pasillos y juegan al ping pong. Que sean ellos los que le quiten las espinas a mis pescados, que me limpien también la muerte y el rencor y la amargura y que no permitan que la tristeza me saque de la fiesta. La comodidad se alimenta de la ausencia de conflictos. Mira los libros más vendidos. Lee sus primeras páginas. Dime si miento.