29/6/15

Pensaba que el norte de Palencia sería una extensión burocrática del paisaje de Valladolid: una planicie amarilla en la que crece trigo y hay muchas iglesias. Llegando a Aguilar de Campoo te das cuenta que no es así, que el horizonte se levanta del suelo y comienza a marcar la espalda y la musculatura de los brazos que se vuelven verdes y tostados y hasta rojos según el sol. Llegamos a la ermita de Santa Eulalia. El equipo descargó. Los que no se dedican a esto no saben la cantidad de kilos de cosas que hacen falta para una sola fotografía. La alcaldesa llegó con las llaves. Los de producción le habían dicho que no viniese muy arreglada, como si fuese un día corriente. La blusa de cuadros azules a juego con uñas y ojos no decían lo mismo. Nos contó lo que sabía. Nos habló del simbolismo de la puerta, del cielo y del infierno, y hasta de su propia visión del asunto. “Un día, una niña de un grupo me dijo: Yo voy a ir al infierno, porque pienso cosas malas. Yo le dije que el infierno no existía, y la niña se quedó muy triste.” La estilista extendió la ropa en los bancos de madera. Dentro se estaba bien. El equipo de aire acondicionado del mil doscientos y pico seguía funcionando. El marido de la alcaldesa la esperaba a la sombra de un árbol, en el camino de abajo. La maquilladora bromeaba diciéndole que como tardara mucho se iría sin ella. “Ése no se irá a ningún sitio sin mí, soy la que le pone todo en la boca.” El sol fue bajando y a medida que lo hacía lo que veíamos en la pantalla del portátil nos iba gustando más. La alcaldesa seguía hablando y nos preguntaba que cuándo saldría publicada la foto y que si también harían folletos, porque se lo quería decir a las del grupo de inglés con las que llevaba ya dos años. Mientras los demás no sabíamos qué hacer con la vista, la alcaldesa mantenía la suya como un perro viejo, con la calma que da haberlo visto casi todo. Mirando hacia unos brazos que formaba el río Pisuerga a lo lejos me dijo: “Allí se han ahogado más de dos, y otros que se han tirado porque ya no podían más, aunque eso es algo que nunca sabremos. La vida nos tuerce a todos, como a esos brazos.” Al acabar cerró las puertas como el que echa la llave de su casa. Antes de meternos en el coche volví a mirar la ermita desde abajo y pensé en su sombra y en el silencio que habría en ese momento en su interior y en la niña decepcionada al saber lo del infierno, una niña que también podría ser yo.

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