8/7/11

Me gusta despertarme pronto en julio, casi a la vez que esos dedos desconocidos le quitan el precinto adhesivo al sol y al poco rato ves cómo va cogiendo carrerilla sobre el césped dormido y las fachadas frescas de los edificios e incluso sobre los contenedores de escombros que siempre tienen algún tesoro en la cima para los ojos de los madrugadores: un televisor tripudo y pequeño con la pantalla rota o una silla de enea desvencijada. A primera hora es aceptable sentirse optimista con uno mismo y con el teatrillo que te acompaña. En esos momentos nada es censurable. Se sale del sueño como de un cine: haces pis y agradeces el buen rato pasado. Entonces conviene tomar café con leche en vaso y con la leche templada en un bar que no huela a fritura y que disponga de prensa que manosear: no se trata de leer, el objeto de los periódicos en una barra es hacer que las manos se distraigan, que tengan también sus propias vacaciones. Vuelves a salir de allí y caminas. El calor todavía no molesta. Te diriges a la estación de cercanías, y en el exterior, en la sombra que proyecta el techado fumas un cigarro. La vista no ha de ser excepcional. Puede que solo tengas ante ti trescientos o cuatrocientos coches aparcados. Cada uno de ellos tendría una historia que contar si te sentaras a su lado, como se hace con los ancianos en las plazas de los pueblos para escuchar asuntos que de tan contados se convierten en cosas que nunca ocurrieron. Cuando la voz enlatada de una mujer que no está allí anuncia el tren, haces algo que te recuerda que aún eres joven y que creciste en Madrid: haces catapulta con el pulgar y el dedo corazón y la colilla sale despedida describiendo una curva poderosa. Es fácil vivir en verano. Tus destrezas resultan más rotundas. Hasta el color del cielo lo es, velazqueño e intenso, azul despreocupado, casi añil. Tras el recorrido inexplicable por las tripas sales despedido por un poro diminuto de la piel de la ciudad. El exterior vuelve a recibirte como si nada. Otras aceras y otros pasos. La quietud sigue siendo agradable, casi se te ofrece a tu paso para que la palpes. La calle parece el armario de las sábanas de una abuela: todo intacto y doblado y con un velo de naftalina que ya no sabes si está en el aire o en tu cabeza. Si fueras menos pudoroso silbarías pensando en el porvenir, ¿por qué no? Otros lo hacen mientras pintan una puerta y parecen felices. El verano es una buena época para hacer limpieza de prejuicios. Hay que ir con lo justo para que no dé calor el equipaje ni sea sofocante pensarse como un ser complejo que arrastra por la vida sus capas de cebolla humana. A eso de las nueve se acaba la función. Los martillos neumáticos se ponen en marcha y el sol viaja hacia el color blanco. Lo que no hayas sentido hasta ese momento tendrá que esperar a mañana.

3 comentarios :

Piel dijo...

Me gusta muchísimo como escribes.
Me quedo a tu lado.

luis acebes dijo...

Me alegro que te guste, y que te quedes por aquí.

José Miguel dijo...

Un televisor tripudo...Mmm jajaja (televisión barriguda jajaja)
Se me da muy bien eso de hacer catapulta con el cigarrillo.
Por las tripas...Jajaja