23/10/15

La chica trabajaba en una cadena de televisión que él nunca veía. Cuando le hablaba de su trabajo procuraba cambiar de tema sin que se diera cuenta, por miedo a que la verdad les distanciara. No recuerdo a qué se dedicaba él en esa época. Lo único que sé es que vivía en un piso alquilado que le venía muy grande. Del dormitorio a la cocina tenía que recorrer una ele mayúscula. Cuando lo compartía con su novia era la misma letra pero minúscula.
La chica de la tele tenía turno de noche. Muchas tardes de verano se quedaban tumbados en la cama, desnudos pero sin abrazarse, esperando a que el cedé acabase. A ella le gustaba hacerlo con ópera. A él le pareció raro al principio pero se fue acostumbrando hasta llegar a sentir que aquellas voces eran de conocidos que habían perdido los nervios al verse atrapados en un atasco que duraba ya siglos.
Ella se quedaba muy triste después del sexo. Nunca supo si se debía a la ópera o simplemente por estar allí tumbada con alguien que parecía no encontrar nunca las palabras de después, las que hacen que el corazón coja carrerilla como un coche de fricción.
Al anochecer se duchaban juntos. Esponjas por la espalda y toda la ternura que él era capaz de mostrarle. No llegaba a ser una estafa, puesto que ambos parecían siempre dispuestos a repetir.
Peinada, pero con el pelo mojado, le besaba en el recibidor.
-A las doce haré que parpadee la mosca para que sepas que estoy pensando en ti –le decía al separar los labios.
Lo de la mosca era un juego, el logotipo de la cadena que aparece en una esquina de la pantalla. Supongo que ella era una de las encargadas de vigilar que la mosca estuviese siempre allí, muy quieta ante sus ojos grises.
-No me lo perderé –le respondía él.
Al cerrar la puerta respiraba tranquilo. Era como si toda la extrañeza que quedaba en casa se fuese de golpe con ella. Ni un solo día puso la tele después.