18/8/15

Por la noche les dimos pan a las carpas salvajes. Mireia les tiraba trozos grandes que se quedaban flotando un rato hasta que se empapaban y abandonaban la superficie. De vez en cuando asomaba la cabeza una. Incluso varias a la vez, peleando y girando ansiosas. Sus lomos tenían la misma oscuridad que el agua estancada. Había algo monstruoso en todo aquello. Pelearse por comer mientras alguien se divierte con el espectáculo. Después, junto a las cabañas, esperamos la lluvia de estrellas de la que tanto habían hablado. Miramos al cielo en busca de algo digno que recordar, pero vimos lo de siempre, lo de cualquier noche en que por alguna razón tienes tiempo y ciertas esperanzas en lo extraordinario. Bajamos muy despacio una ladera de césped mojado, justo como se hace cuando has cenado bien y te sientes tres peldaños por encima de cualquier adversidad. El viento hacía hablar a los árboles. A lo lejos, las luces de otras cabañas parecían querer decirnos también algo. Sólo son trucos de la luz, quise decirle a mi hija pequeña, no caigas en la tentación de analizarlo ni de sacar conclusiones. Pero seguí paseando con la boca cerrada pensando en las carpas gordas que perdían la dignidad a cambio de pan, o en la extrañeza de casi todo lo que rodea nuestras vidas, tanta que a veces ninguna palabra es capaz de atravesarla.