20/7/15

Los pocos años que la conocí tenía un canario. Por las noches cubría la jaula con un trapo para que no se pusiese a cantar nada más amanecer. Mi abuela tenía sobrepeso y en verano sus pulmones acudían tarde y mal al trabajo, haciendo un ruido que a veces me llega ahora cuando estoy en la cabina de un ascensor antiguo y me entrego un instante a la fantasía de que no está muerta y de que si subo al último piso la encontraré muy quieta mirándome con su mantilla negra. Las cosas que le decía al canario con esa voz fatigada eran las mismas que se dirían a una hermana que viviese en la casa de al lado, balcón con balcón. Otra ventaja de ser mujer: la capacidad de hablar del presente con naturalidad. Sus dedos cortos y carnosos le acariciaban el pico, pero en los ojos de cabeza de alfiler negro del canario no se veía ninguna gratitud, o yo desde tan cerca del suelo no conseguía verla reflejada como la veía ella. Cuando oscurecía, sacaba el paño bordado de un cajón y se lo echaba sobre la jaula. Admiraba mucho este poder de crear noches artificiales que tenía mi abuela. Una hora más tarde, alguien sacaba otro paño más grande de otro cajón y lo dejaba caer sobre su calle sin que nos diésemos cuenta, haciendo que las palabras fuesen perdiendo altura e incluso dejasen de tener la urgencia que les exigimos a la luz del día.