2/6/13

Resulta engañoso pasear por un parque conocido en el que, sin querer, la inercia ha ido creando itinerarios que aceptas sabiendo que no hacerlo sería ir contra las costumbres que te dan de comer. Inconscientemente esperas que cada revelación se repita de la misma forma que sucedió el primer día, sin saber que las imágenes y sus sensaciones nunca serán las mismas que cuando pasaste junto a una mata de aligustre o percibiste aquella masa de olor a agua estancada que te puso una sonrisa de niño que posa sus manos en un detonador. El esplendor (o un extraño vuelco en la sangre) que te cautivó al cruzar los tilos te hizo pensar en otras épocas; puede que cuando la tristeza tenía una sala del trono en cada habitación de tu vida, y tú las recorrías todas con la lengua fuera, desconcertado por su puntualidad y la insistencia en mostrarte su poder. Abrías puertas y ella se reía. Sin embargo, esta vez al pasar bajo sus ramas no lo encuentras y solo se muestra a lo lejos una hilera de adosados que te observa desde su grada. Sabes que no es Guermantes, pero utilizas tus pasos para recobrar algo que te fue arrebatado por ladrones disfrazados de sombras. Iban montados en lenguas de fuego. Se fueron por allí. Tu dedo índice se queda suspendido en el aire, pero no señala nada. La gente pasea para recordar. El cuarto de los interrogatorios es dulce en días así, con todos esos mazos de flores silvestres que parecen retar a la muerte. Las piernas se mueven sobre la tierra como el azúcar en un café infinito: movimientos circulares, paralelos que se convierten en ecuadores. La navegación nos adormece. El viento juega a ser oboe. Túmbate, dice una voz. Después, algo levanta la taza y nos bebe despacio.