24/5/13

El paso del tiempo siempre será un misterio. Muchas veces he intentado imaginar cómo sería cuando tuviese treinta o cuarenta años más. A los veinte, me imaginaba con la misma fuerza y la misma curiosidad, solo que caracterizado como esos actores de película mala que cuatro escenas después aparecen de pronto con el pelo lleno de polvos de talco e intentando simular que andan encorvados. Luego creces y te das cuenta que no era así y que quizá tu pelo no esté completamente nevado todavía, pero tu curiosidad y tu fuerza no son las mismas que cuando te imaginabas. No deja de ser un mecanismo de defensa y, hasta cierto punto, es bueno que sea así. Las ficciones son necesarias: con ellas desarrollamos una idea panorámica de la vida que sirve para mantener la curiosidad sobre cómo se sucederá todo. El destino, como padre y dios de todas las ficciones, es un guiño promocional que nosotros mismos nos ponemos delante para no ceder a la tentación del vacío. Nos puede tocar el crucero, el juego de cazuelas o una vuelta al mundo para dos personas. Después, llegado el día del sorteo, quizá te descubras cabizbajo y con tu papeleta arrugada dentro de un puño, caminando por una calle desconocida e intentando simular que no andas encorvado. De todas formas, habrá merecido la pena.