7/4/13

Y por el camino, atravesando el mullido pasadizo que conecta los distintos resplandores, experimentamos la libertad de estar perdidos, una sensación total de serenidad debida al hecho de no tener que dar explicaciones a nadie, y menos a nosotros mismos, acerca de las deambulaciones inconcretas ni al deslumbramiento de las señales que nos meten y nos sacan del camino. Ciertos sueños plantean el dilema de profundizar en ellos como si fuesen auténticas tesis. Podemos emplear decenas de años en recorrer la extensión imaginada de la ciudad que nos acoge mientras dormimos, ser a la vez dueños de lo que vemos y fugitivos que saltan de esquina en esquina para no levantar sospechas y esquivar el grueso haz de luz de los reflectores. Siempre he pensado que las ciudades hechas de arena son paisajes propicios de las temporadas en que he acumulado más dilemas: la bifurcación de las dos opciones nunca me fue representada linealmente como esas fotografías de banco de imagen en las que un oficinista con traje se planta en medio de un cruce mientras se rasca la nuca decidiendo cuál elegir. Esas edificaciones imposibles me hablaban en secreto, más bien, de la fragilidad o de la inutilidad de cualquier movimiento: subirá la marea y la ciudad desaparecerá para siempre convertida en una elevación inútil, roma y muda. Nunca he soñado con ciudades de hierro. Y no me hubiese importado. Tampoco con las habitadas únicamente por perros monstruosos que te persiguen, que creo que se pueden achacar a recriminaciones amorosas o al rencor por la pérdida. Sin embargo, tuve durante mucho tiempo una pesadilla recurrente (¿cuáles no lo son?) en la que una esfera de unos tres metros de diámetro me perseguía por descampados en blanco y negro. Mi desilusión llegó el día en que descubrí que el sueño no era inédito y se debía a las imágenes del comienzo de una serie policíaca de televisión de los años setenta en la que el protagonista era atosigado constantemente por crímenes que no había cometido. Cuando descubres algo así sientes una decepción indescriptible que solo se calmará con la llegada de un nuevo sueño.