25/3/13

Cuando pienso en mi padre no sé con cuál de todas las personas que ha sido a lo largo del tiempo quedarme. Sé que esto puede sonar a disquisición de príncipe danés que habla con las sombras y que vas a decirme que debería quedarme con todos o con ninguno porque para bien o para mal son una unidad. La realidad es esa, puede ser. Pero si todo se redujera a esa verdad, la existencia resultaría una ciencia exacta y no lo que es. Cuando le juzgaba a los quince años solo tenía quince años de experiencia. Hubiese sido tan ridículo como describir una batalla con los ojos cerrados. A esa edad no era capaz de saber cómo era un hombre adulto ni qué pensaba ni qué hacía para comportarse como se comportaba. Mis edades me han hecho entender las suyas. Cada época que voy atravesando pienso inconscientemente en cómo la atravesó él. Me miro en un espejo engañoso porque sé que la imagen que me devuelve es la mía y no la suya. La vida se cuenta como los viajes: el que escucha puede hacerlo tranquilo mientras balancea una copa y asiste a los diferentes paisajes que le son relatados; nada le perturba porque se encuentra a salvo, puede mostrar un interés anecdótico ante las desgracias y no por ello ser un hipócrita, porque no le estamos pidiendo que se ponga en la piel de nadie: solo es alguien que escucha. Sin embargo, el oyente nunca estuvo allí. No dudó. No tembló. No cometió infamias ni mintió para seguir viviendo. El viaje que hizo mi padre quizá tuvo que ver mucho con el que hago yo ahora. A pesar de saberlo, a pesar de tener la certeza de que fue así, no consigo decidir con cuál me quedo, cuál de todos fue o es el más parecido a la imagen que me quede cuando ya no esté y su presencia se limite a una sombra que vague por las almenas de mi castillo.