12/12/12

Había un oratorio forrado de madera que parecía una cervecería alemana sin cerveza y sólo con una Virgen a escala ¼, elevada sobre una peana, y una vela roja sobre el altar. La llama temblaba con los balonazos que daban en la puerta. Yo prefería estar allí en el recreo antes que jugar al fútbol. No rezaba. Simplemente agradecía el silencio y el ensimismamiento de ver vibrar aquella luz, como si Dios tuviese un sismógrafo casero para medir el grado de maldad de los otros niños. El catecismo era un libro delgado de tapas azules y con una cenefa dorada que lo atravesaba. Había un gran punto rojo en la parte superior derecha que contenía un número enigmático. Dentro había oraciones sencillas y muchos dibujos sin gracia con personajes que parecían actores de una compañía de teatro venida a menos, pálidos y con ropas de colores desvaídos. El colegio estaba plagado de Vírgenes de Murillo, inexpresivas y multiplicadas hasta el infinito en cualquier sala o corredor que atravesaras. También frailes con el pelo cortado a tazón y con corderos en brazos observando una luz que venía de alguna parte y actuaba en ellos como una ducha sagrada a la que sólo tenías acceso si tu imagen acababa en uno de esos cuadros. Sentado en el oratorio dejaba pasar el tiempo practicando una distracción que consistía en olvidar las oraciones que me enseñaban. El método se basaba en repetirlas muchas veces hasta que dejaban de tener sentido y se convertían en telegramas dictados por un borracho o trabalenguas para poner a prueba la dicción de los que aprenden un idioma nuevo. Hace unos días estaba solo en casa. Frente al ordenador intentaba recitar el padre nuestro y descubrí que había frases que habían desaparecido. Busqué el texto en Google y la leí en voz alta. Después de hacerlo me quedé en silencio esperando infantilmente la aparición de alguna señal en la casa. Volví a leerlo otra vez y guardé silencio de nuevo. Estaba claro que nada había cambiado, lo bueno es que esta vez nadie daba balonazos en mi puerta.