26/5/11

Recuerda el interior del mercado en blanco y negro pero odia que el pasado embellezca ciertas cosas. Le gustaría decir: no, no toques nada, déjame entrar a mí primero. Al cruzar la puerta accedería a una tarde de invierno de 1973. Un hombre con botas de goma regaría el suelo con una manguera. Hojas de lechuga, restos de verduras y cosas que no podría definir y que empezaban a dejarse arrastrar por la corriente ante sus ojos. La mano de su madre apretaría o apretaba (la especulación empieza a ser real) la suya o la llevaba como una bola de preso antiguo, supone hoy que quizá esa condena era dulce y tan natural que casi pasaba desapercibida: una madre atenta al hilo de la cometa pero a su vez conectada a la rueda del mundo, dos tareas compatibles que con el tiempo alcanzan sincronía, perfección. Los colores del recuerdo son muy intensos. Los negros muy saturados. Los blancos casi brillantes. El agua que salía de la manguera podría ser una emulsión de plata líquida o mercurio. A estas alturas está más tranquilo. El embellecimiento es más contenido, casi natural. Incluso recuerda el olor pestilente de los restos de pescado. También recuerda canciones y voces y los hilos de luz artificial que caían del techo, quizá de unas bombillas desconocidas y no iguales a las de casa: focos de cementerio o de campo de concentración. Esa luz es la que le ha llamado desde el pasado. Fue la que acercó los nudillos a la puerta. La que mantuvo la mano suspendida en el aire a pocos milímetros de la madera mientras contenía la respiración antes de golpear. Esa iluminación podría ser la de un cuadro de El Greco o la de una fotografía hecha con una cámara diminuta por un niño triste y curioso. El niño seguía allí, junto a su madre, sobre el escaso lago reluciente de las hojas de lechuga. Más allá del techo acristalado sujeto por traviesas de hierro estaba la noche, pero no la recuerda, no sabría ponerle cara ni asegurar una luna amarillenta y menguada flotando en el infinito. Por eso baja otra vez al suelo y siente la mano de la madre. A través de ella podría calcular la importancia del calor. Cierra los ojos y se concentra en el eco lejanísimo de los ruidos que hace su corazón. Lo intuye varios pisos más arriba, alegre, tarareando algo o arreglándose el pelo junto a una ventana. Los corazones de las mujeres hacen esas cosas. Los de los hombres solo saben resoplar en un castillo vacío, rezongar, maldecir la suerte sea buena o mala y dar patadas a lo que les sale al paso. Aprieta con fuerza su mano. La madre le dedica una mirada presencial. Después continúa pegada al hilo de las cosas que la han traído hasta allí. Unas manos le muestran verduras desconocidas. Sus ojos las sopesan y fantasean con cosas que no son. La imaginación es una amiga callada que siempre está saltando. Cuando lo hace el suelo vibra y los filamentos de las bombillas tiemblan. Ya no recuerda más. Lo otro le cansa por repetido o porque la percepción de revisitar el escenario defrauda. Por eso se aleja andando marcha atrás muy despacio y les deja allí, en su espacio, amarrados al hueco que les da sentido y en el que transcurren sus vidas para siempre.

2 comentarios :

Anónimo dijo...

En tu otro blog del nosequé dices que "follas by email" . ¿Es real? ¿cómo lo consigues?. Lo has escrito ahí a la derecha, encima del contador.
Si es cierto lo que afirmas te auguro más éxito que el mismísimo Mark Zuckerberg.

luis acebes dijo...

jajajajaja, ojalá.