23/5/11


Me dieron un bocadillo de queso. Una mano entre una nube de manos me lo tendió y lo cogí como el que coge un planeta de juguete pero con miedo a que la electricidad estática le llegue hasta la raíz más oculta del alma. A mi lado había una gitana metiéndose mandarinas en los bolsillos. Uno de los coordinadores-activistas-monitores-jefes de sección-voluntarios-protestadores le reprendió la acción a la vez que le hacía una foto con su móvil. Le dijo que allí no hacía falta robar y que solo tenía que pedirlo. Quiero una mandarina. Quiero un plato de ensalada de esa que tenéis en el cubo. No quiero que me hagas una foto. Te la hago para saber quién eres y para que no robes más. El pequeño mesías de la acampada se dirigió a la mujer en esos términos y las aguas no se abrieron, solo el cielo, que estaba muy pesado y muy oscuro, ya con ganas imperiosas de evacuar. No sabía qué hacer con el bocadillo. A mi lado había otros que parecían necesitarlo más. Un curioso con un alimento regalado en la mano, sujetándolo como si fuese una vela, una bengala, un exvoto, una señal de mi falta de fe política. Pero era real. Estaba allí posado sin que hubiese habido transacción: no lo compré ni lo pagué ni alcé mi voz a nadie para implorarlo ni tuve que agitar la mano. Me fue ofrecido en medio de una plaza de Madrid que estaba llena de tiendas de campaña y carteles hechos a mano con la tinta corrida por la lluvia. También había colchones mugrientos y olía como olía mi vida hace millones de años. Tuve envidia. Tuve miedo de que no pudiera tragar el alimento que me había tendido el pequeño Jesucristo tatuado; en su mirada estaba el mundo clasificado en base a un nuevo orden: no había pirámides ni gráficos de power point que analizar, solo un río infinito en el que personas como yo se metían y lo cruzaban. Incluso había barcas de papel y astros que nunca fueron reyes del cielo y guitarras que les faltaba una cuerda pero conseguían expresar lo que las otras no. Su promesa daba vértigo y tuve que agarrarme a los carteles que me recordaban a la realidad: las operadoras de telefonía con sus promociones y sus anuncios falsos, los logotipos del día a día (los que ofrecen paz y redención: bebidas, telas, olores, seguridad y entretenimiento) ¿Qué podía hacer? ¿Qué se supone que hacen los hombres cuando les regalan un bocadillo hecho con el pan sagrado de la esperanza? Comí. Comulgué. No pude postrarme. Mis rodillas no se hincaron en el suelo ni mis brazos buscaron la línea perpendicular con el resto del cuerpo. Mastiqué en silencio y me alejé con algunas imágenes guardadas muy dentro, con ciertas palabras que tenían la misma masa atómica que el oro, con la convicción recién salida de un túnel de lavado pero que todavía tardaré mucho tiempo en saber para qué quiero que brille.

3 comentarios :

Peter dijo...

Excelente. En mi caso, que colaboro con ONG's, especialmente en el campo del sinhogarismo, me ha llegado muy hondo, me ha tocado muy profundo. Amén de la excelente prosa.
Muchas gracias.

Anónimo dijo...

¿ Y por qué no le diste el bocadillo de queso a la gitana?

luis acebes dijo...

Ella ya tenía uno.