18/5/11

Cuando me digo a mí mismo Roma sin mover los labios, mentalmente mientras camino por una calle, no puedo evitar un pequeño ataque de euforia que debo contener apretando con fuerza los puños. Sin embargo, cuando escribo Roma no siento lo mismo. Puedo escribir Roma mil veces y solo sería una concatenación de cuatro letras que a fuerza de clonarse adquirirían ecos automáticos y absurdos que acabarían ocultando su significado. Pero cuando mi cabeza dice Roma duplicando pomposamente la primera vocal siento la densidad de todos los océanos en mi circulación sanguínea, el peso de un tiempo en el que me sumerjo sin haber sido invitado y, a partir de ahí, ya cualquier acto mínimo como el de introducir un billete de metro en una máquina adquiere la resonancia épica que le exijo constantemente a la vida. Es una prueba más de mi carácter infantil y de la importancia que le doy a los mensajes oníricos que recibo mientras duermo y que durante largas épocas de mi vida consiguen gobernarme.
Hay palabras que me llevan a regiones desconocidas. Hay otras con las que atravieso el tiempo gelatinoso y me sorprendo a mí mismo frente a situaciones que no he vivido y en las que tengo que reaccionar de una u otra forma. Desde muy pequeño sufrí muchas limitaciones en mis relaciones con los demás. Recuerdo una fiesta a la que me llevaron mis padres cuando tenía ocho o nueve años. Llevaba una camisa blanca de manga larga y mi madre me compró una de esas corbatas que vienen ya con el nudo hecho. Se suponía que era una fiesta de niños. Había rifas, juegos, compañeros de mi padre que también tenían hijos, niñas de mi edad con vestidos de nido de abeja que correteaban con otras niñas haciendo círculos con sus papeles de la rifa en la mano, soñando un premio que difícilmente llegaría. Conservo una foto de ese día. En ella aparezco con un globo alargado de color amarillo en la mano. También sujeto el papelito azul entre los dedos y supuestamente miro a mi madre con un gesto de ansiedad atribuible a ese premio que más tarde anunciaría una mujer con un micrófono. Desde ese día todas mis fiestas han sido iguales. Conservo en el cuello el recuerdo elástico y opresivo de esa corbata que se ha quedado en mi cuello como una broma pesada. Los otros me rodean. Los otros bailan a mi alrededor confiados en que la existencia es un delirio amaestrado, una carretera perfectamente asfaltada que conduce a los sueños de cada uno. Quizá desde ese día me acostumbré a escucharme por dentro, a atender a las voces que me dictaba mi cabeza desde su púlpito solitario. Cuando estoy en compañía de otros debo hacer un gran esfuerzo para no salir corriendo a mis habitaciones interiores. Algunas veces lo hago y provoco el enfado de los que me quieren. A mitad del pasillo me sujetan por el brazo y me piden explicaciones; en ese momento vuelvo a ser sin tapujos el niño que nunca he dejado de ser: el que huye, el que observa las sombras del techo, el que vive obsesionado con los pormenores de su imaginación caótica que no obedece a ninguna de las leyes que ha observado fuera: en el correr del mundo, en los gestos convencionales que muestran los humanos para corresponderse, equilibrarse y permitirse la necesaria cohabitación. Pero por más que lo intento no lo consigo. Sigo escuchando Roma y desaparezco sin dar explicaciones. Al llegar a Roma no hay nadie. Es una ciudad desierta en blanco y negro pero muy luminosa. O quizá más en negro y plata o grises cristalinos que saltan como delfines en un líquido resplandeciente. En esa ciudad voy en bicicleta trazando círculos alrededor de una gran plaza empedrada. No podría asegurar mi edad ni si es verano. Solo puedo dar fe del sonido aterciopelado de las ruedas al girar sobre las piedras ancianas.

2 comentarios :

Paco González dijo...

Me ha gustado mucho, Luis. Con tu permiso, me suscribo a tu blog para seguirlo. Creo que me va a encantar.
Gracias por proponérmelo. :-)

luis acebes dijo...

Muchas gracias, Paco. Es un placer tenerte de seguidor. Espero verte mucho por aquí.
Un abrazo,

Luis