25/4/11

Todas las semanas santas se parecen a una de hace muchos años, más de treinta, en una playa cercana a Valencia, supongo que Gandía porque cierro los ojos y veo un espacio casi infinito, quizá desplegado por unos operarios antes de mi llegada, quizá desenrollado como esos fardos de césped artificial que van tomando posesión del suelo como una broma de mal gusto. Nos dieron dos habitaciones contiguas en el ático del hotel. La terraza hacía forma de ele y estaba desangelada: varias tumbonas oxidadas entre la ingeniería de chimeneas y tubos metálicos que con el jaleo del viento jugaban a órgano de catedral. Llovió casi toda la semana. Los ratos en que no lo hacía (las nubes, la mano o la intención del ser celeste y elevado o la simple casualidad o puede que todo junto) permanecía apoyado en la barandilla blanca viendo el mar. Lo bueno de enfrentarse a esa visión es que no cansa ni exige más atención de la que se le pueda prestar a un pestañeo o al cambio de dirección de una hoja seca en el suelo. Miraba. Mirar no es un arte, aunque a los doce años se pueda confundir con el murmullo de las preguntas que asoman o con el vicio del ensimismamiento. Pero, ¿cómo podría saberlo en ese momento? Después, con la inercia de los años (que se parece mucho a la que toman los coches de fricción) aprendí a mantener esa mirada delante de otras cosas, incluso de otras personas que prometían la misma profundidad y, sobre todo, el mismo silencio. Los mejores libros que he leído han tenido ese aspecto en su conjunto. Ya en las primeras páginas olían igual. Notaba que eran de verdad , y no masas de papel tipografiado u objetos prescindibles que acabarían compartiendo vacío en un cajón. Esta semana santa me he asomado a otro trozo de mar. Había otra barandilla. Era otro el que permanecía sostenido y acodado viendo sin mucha emoción las acrobacias alimenticias de las gaviotas y sus gruñidos de satisfacción que después, a pie de tierra, muchos se empeñan en poetizar como si fuesen gráciles solteronas de pueblo hablando de amor y no aves carroñeras, lo que son. También esta semana he abierto libros que deseaba abrir. Uno me lo compró Nuria y lo esperé nervioso deseando deshojarlo, perforarlo, extenderlo en el horizonte para ver si el milagro seguía funcionando. Otro venía de Madrid medio consumido y con olor a bestia en putrefacción. Me gustan esos. Me gusta que algunos se queden a medias y un buen día pidan una muerte digna o piedad u olvido o ese mordisco último que les devolverá a su otra vida. Son ya tantas semanas santas que confundo los colores y las tapas y hasta el grosor de la arena que se escapa por los dedos. Ya no sé qué agujeros hice o cuántos me fueron hechos. ¿Me enterré en todos ellos? Mi pala se volvió a hincar en la dudosa tierra buscando el agua y los manjares escondidos: esos cristalitos encriptados en cuyas caras podría ver el futuro y hasta los días precisos del pasado que me gustaría revisitar. Las expresiones de mis hijas sí que eran nuevas, pero mi fanfarria (cada año más pesada e inútil) se empeñaba en tomar forma de mochila para quebrarme la espalda. Ya está. Me la he quitado y la he dejado aquí como si fuese la palabra final de todo esto. Nueve días sin escribir empezaban a ser demasiados.

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