12/4/11

En cada frase que escribía experimentaba el nacimiento de otra que se sumaba como lo hacen los vagones de mercancías antes de partir o en una estación secundaria mientras azota el viento helado y alrededor la tierra solo es una intuición del trigo o lo que fuera que tuviera que venir, dorado espejismo que aún le pertenece a la oscuridad del subsuelo y no a la retina ni a la mano que pudiera acariciarlo. Vistas con perspectiva, todas esas frases se podrían estudiar como fardos de arena, con esa indolencia y la misma pasividad con la que un funcionario abriría un cajón para sacar su grapadora. Multiplicado ese efecto quinientas veces se tendría una visión más real de su trabajo. Era un acumulador de palabras, un encasillador de días en sus respectivos nichos. Su idea se acercaba más a la botánica que a la literatura. Por dos motivos: no acababa de saber lo que significaba esa palabra y (dos) prefería apartarse algunos pasos hacia atrás para ver las flores silvestres que iban creciendo en los intersticios, en todas esas separaciones entre día y día que antes no apreciaba pero que ahora se convertían en la razón para seguir. No sentía miedo. Tampoco incertidumbre. Ninguna presión en el pecho ni un asomo de borboteo imaginario de la sangre celebrando nada que considerara alentador pero tampoco sucumbiendo a la angustia. Escribir (juntar todas esas palabras a diario) se convertía en un seguro de vida perentorio, uno de esos pactos que hacen los niños en sus juegos, un juramento escrito con un palo en la arena. Por eso, cada día transcurrido se quedaba muy quieto observando el anterior. Se asomaba al portón del vagón y miraba lo que había pasado y que ahora, en vez de alejarse, adquiría una consistencia extraña y casi escalofriante. Cuando las palabras cristalizaban las podía tocar; podía repasar sus bordes y palpar su textura que a veces resultaba chiclosa y otras delicada como si estuviesen esculpidas en ámbar. En la penumbra del vagón se sentía a salvo. Las tormentas quedaban fuera y las cartas y los anuncios de vidas mejores que no hacían sino mortificarle recordándole su insignificancia. Estar allí era su oportunidad de ser, pero también el freno a cualquier otra acción en la que asumiera riesgos, hechos, decisiones, actos que implican consecuencias y responsabilidades. Caminar, masticar, saludar (y todo ello dado la vuelta hacia dentro convertido más en un guante de sí mismo que en una persona viva) resultaba alegre por su falta de compromiso. La gravedad quedaba atrás o a los lados pero nunca dentro, nunca en el eje de su visión, nunca a la altura de los ojos invisibles con los que sopesamos la existencia a cada momento. A veces el tren corría fuera de control durante días. Otras permanecía parado, varado, clavado a la vía solitaria que hacía de espinazo de su paisaje interior. Cuando pasaba no podía hacer otra cosa que tumbarse en el suelo del vagón y adivinar cómo estaría el cielo a partir de las ranuras e imperfecciones del techo. La luz jugaba a hadas, a ángeles diminutos que buscan país de acogida entre las tinieblas. Allí arriba vivía la metáfora de la libertad por la que se supone que todos luchaban. Pero no le importaba. Dentro seguía existiendo el mundo, con su asombroso engranaje de planetas, con emociones evanescentes que alimentaban su cabeza y hacían posible que al día siguiente existiera un vagón más, listo para ser enganchado.

4 comentarios :

José Luis dijo...

comentar esta entrada es como romper un silencio que parece pactado o establecido... pero joder, creo que si me gusta lo que leo debo decirlo, y más si es gratis. Un placer pasarme por aquí.

luis acebes dijo...

Considérate en tu casa, José Luis. Tus comentarios son y serán parte de todo esto.

santi dijo...

intersticios, vahada, azogue... TOMA. En tercera persona queda cojonudo

luis acebes dijo...

jajajajaja, ese Santi enmascarado!!! A ver si nos vemos!!! Un abrazo