8/4/11

Creo que ya nunca más intentaré publicar poesía. Mi experiencia en este asunto se remonta solo a un libro que publiqué hace varios años, Música ligera, del que se hizo una única edición de trescientos ejemplares, si no recuerdo mal. Un día llegaron a mi casa en una caja de cartón. Allí dentro estaba mi primer libro, ponía mi nombre en letras blancas y en una tipografía demasiado gruesa pero que certificaba una verdad: era algo hecho por mis manos o que salió de mi cabeza inconstante. Por eso corrí a la cocina a por un cuchillo para cortar la cinta adhesiva y que vieran la luz. Mi vanidad estaba allí dentro, reluciente, esperando a ser degustada y quizá sin saber que sería como morder la manzana envenenada del cuento. A las dos semanas hubo una presentación del libro. El editor compró varias bolsas de ganchitos y dos latas de aceitunas sin hueso que colocó en la barra de un bar de copas que frecuenté mucho en los noventa. Fueron mis amigos. Cada uno compró un libro. Incluso hubo quien, en un ataque de irresponsabilidad, compró varios. A medida que pasaban las horas y las botellas vacías de cerveza se amontonaban en las mesas bajas y por el suelo, mis dedicatorias fueron subiendo de tono. Me gustaría ver ahora (pasado el tiempo, bajada la espuma) algunas de esas bochornosas frases dictadas por mi inconsciencia. Supongo que en total ese día se vendieron ochenta o noventa libros. Yo me quedé otros tantos. Los coloqué en un estante del estudio. Cuando quedaba con alguien le regalaba uno. Cuando no sabía que hacer cogía uno y lo abría y volvía a chapotear en la vergüenza de algunos de los versos y en lo que pensarían de mí aquellos que no me conocieran y se encontraran de repente con lo que más tenía que ver con la prosa que con la poesía.
Ayer recibí una carta del editor. Contenía un cheque por valor de 2,31 euros en concepto de derechos de autor por las ventas de 2010. Había vendido dos libros en todo el año. Esta mañana he ido a cobrarlo y la cajera me ha dicho que tenía que pagar 1,80 euros de comisión. En ese momento hice el cálculo apresurado y descubrí que me quedarían 51 céntimos limpios por todo un año de poesía. Mi orgullo me hizo salir del banco con el cheque sin cobrar. ¿Qué haré con él ahora? Puede que lo enmarque y lo cuelgue en una pared de casa como monumento a la decepción. Quizá sirva para recordarme la importancia de la humildad o de la serenidad o para darle la razón a los que siempre dicen que de la poesía no se come. Por otra parte me alegra pensar que dos personas, quizá dos desconocidos, entraron un día en una librería y se decidieron por ese libro y lo compraron y ahora andan mezclados con los otros, compartiendo un espacio del que ya no soy responsable. Una extensión de mí campa en tierras desconocidas esperando que el tiempo se canse y deje de pasar, retándole de la única forma que somos capaces.
Lo único que me sigue gustando hoy es la cita que elegí de Ginsberg. Descansen ambos en paz.

7 comentarios :

diana moreno dijo...

ja, tremenda anécdota. me desanima un poco. pero hay que quedarse con los dos compradores, eso es cierto...

luis acebes dijo...

No te desanimes, Diana, a pesar de todo es una experiencia bonita.

josepmanel dijo...

No renuncies a darle el aspecto físico de un libro a todo lo que escribes. Yo sigo esperando que mi librería de cabecera me consiga un ejemplar de tu poemario. Hace mucho que lo tengo pedido y me consta la diligencia de los propietarios, pero no llega. Si la gente tuviera más fe en la poesia se vencería en todas las revueltas con el simple gesto de un afecto.

Arrowni dijo...

Yo creo que si la poesía no nos desesperara, nos desamparara y nos decepcionara, no sería sincera. Entonces aunque pagaran por ella no valdría nada.

Es un gesto hermoso publicar poesía, un acto de fe absurdo -y por lo tanto humano-, que supera al acto y irreflexivo de escribirla. Uno cree tal vez que la comparte, sin lograr colocarse en ese lugar simbólico -y por lo tanto poético- venido del gesto mismo. Y es que los poemas no son lecciones, no deberíamos aprender de ellos ni quienes los escribimos.

Ahora, sin afán de soltar sentimentalismos gratuitos -nuestra afinidad siendo una asiduidad escrita de un par de semanas-, te digo que creo en el libro que has publicado, el cual tal vez nunca leeré ni veré. Creo en él, porque tú creíste en él. Eso por sí mismo tiene mérito.

luis acebes dijo...

Pues muchas gracias, Arowni, agradezco tus palabras. Lo cierto es que escribir poesía es un absoluto y desesperado acto de fe y no hay que mezclarlo con lo de publicar, que solo es una consecuencia.

Anónimo dijo...

"Debemos distinguir al fotoperiodista del fotógrafo 'amateur' del mismo modo que distinguimos al escritor que hace poesía del que hace publicidad"

ALEX WEBB, FOTÓGRAFO DE MAGNUM PHOTOS

luis acebes dijo...

Trabajar en publicidad tampoco es algo tan malo: comes (cosa que con la poesía es muy difícil) Además, han existido muchos grandes poetas (odio esa palabra) que han trabajado de oficinistas, vigilantes de campings y vendedores a domicilio. No veo el problema. Quizá tu idea de la poesía sea demasiado elevada y no coincida con la mía, querido anónimo.