15/3/11

Me tranquiliza saber que la perfección no existe y que en su lugar disponemos de un sucedáneo de fabricación casera que nos administramos sin pudor y constantemente para seguir vivos. Se trata de una sensación a veces aterradora y otras pacífica, una certeza con efecto sedante, como anoche cuando escuchaba llover en el salón: las gotas cayendo sobre las sillas blancas de los vecinos mientras la luz casi forense de las farolas -junto con toda esa agua- hacían que el mobiliario de la terraza mostrase de pronto una capa extra de plástico, un barniz imposible de describir frente al mostrador de una tienda de pinturas. Pensar en ello, incluso visualizarme entrando en ese establecimiento que no existe, me ayudó a sentir que salía de las leyes del tiempo. Era un hombre que quería abrir la boca y pedir un bote de barniz capaz de cambiar el aspecto de todas las cosas de su vida. Llevaba una foto de la lluvia en la mano, una foto que había hecho hace unos instantes con mi teléfono, una instantánea que me serviría para explicar lo que buscaba. Pero sabía que sería incapaz de abrir la boca y articular. Sabía que el encargado me miraría con desprecio y que algo en su expresión me echaría para atrás, algo que diría: eso no existe y si existiera no sería para ti.
Si la perfección fuese una más entre nosotros no tendría sentido perder el tiempo en estas consideraciones. Su ausencia (hasta me divierte llamarla imposibilidad) me permite respirar despacio escuchando el repiqueteo de las gotas sobre el cemento. Sentirme a salvo, jugar a no moriré nunca o no esta noche, no ahora mientras las nubes se descargan en esta parte de la ciudad como niñas que dejan caer sus juguetes al suelo con desidia y después siguen su camino. Con el cuerpo reclinado en una butaca que podría atravesar volando el Atlántico en una noche como la de ayer y permitirme hacerlo en calcetines y con las manos enlazadas sobre el estómago, me entregué a una autocompasión dulce y ligera. Dado que la perfección es un concepto que le pertenece a la irrealidad y del que no soy responsable, me puedo permitir estirar bien los músculos de las piernas y sentirme al resguardo de un techo y ante una pantalla de televisión que me ofrece la posibilidad de alejarme durante un rato de lo que soy: cuerpo, ropa cómoda sobre ese cuerpo y sensaciones animales de calma, de ausencia de predadores dentro de la casa o presencias armadas de hachas o fusiles de asalto que me obligasen a abandonar mi postura y a despertar súbitamente a mis hijas para ir a un lugar desconocido.
Todo esto me lo demostró la lluvia y mi cobardía al pensar que la vida es un ballet para eruditos que odian mojarse. No quise abrir la ventana. Me conformé con el sonido seco y agudo que llegaba del exterior, la mano de un dios que destapa una caja de alfileres y mueve lentamente los dedos y después coge un puñado y lo lanza al aire solo por el placer de verlos caer.

4 comentarios :

Arrowni dijo...

Y... Lo malo es que la perfección si existe. Lo bueno es que es abundante.

luis acebes dijo...

Te agradezco el comentario aunque no acabe de captar el sentido que has querido expresar.
Un saludo,

Luis Acebes

Arrowni dijo...

Voy a tratar de enunciar una respuesta satisfactoria (la economía del lenguaje me falla), pero en cuanto al sentido de mi respuesta se me ocurre el más grosero: El literal.

luis acebes dijo...

Bueno, sigo sin captarte pero no pasa nada. Un saludo.