28/3/11

Llevo meses pensando que el tiempo es un desfile oscuro. Incluso he llegado a pensar en una novela que llevara ese nombre, esas dos palabras lentas que recorren ahora mi cabeza en busca de una salida hacia la luz. Cierro los ojos y veo a mi padre a los diez años bajando a jugar a la calle con una camisa blanca recién planchada, una camisa que acabaría desgarrada en una pelea de barrio que no puedo visualizar ni recomponer, solo él subiendo otra vez las escaleras cargado con el peso de la vergüenza, sus pasos lentos, sus zapatos algo gastados intentando no provocar a la madera de los escalones, ningún ruido salvo la tormenta de clavos oxidados en su corazón. Todo esto me lo contó un día. Estábamos sentados en el salón de su casa y tenía un papel doblado en la mano en el que se había apuntado cosas que quería decirme para la novela que estaba preparando. Le obligué a recordar. Le insté a que desandara el camino y se colocara otra vez al comienzo del desfile, incluso que lo abriera (le pedí en mi pomposa ingenuidad de niño escritor) para que yo pudiera verlo todo y así comenzar a contar. Detrás de él iba mi abuelo con su uniforme de gala del ejército, con la medalla ganada en África que hoy descansa enmarcada sobre el aparador de mi salón. Otro desfile, el de las cosas que mantenemos alrededor de los días que habitamos el mundo, los objetos roncos a los que obligamos a hablar pero de los que no sacamos ninguna palabra. ¿Fue así, papá, pasó lo que me dices, bebió tu padre de los charcos africanos, desolló ratas y se hizo con sus pelajes una manta para protegerse del frío, fue verdad lo del cañón que robaron los insurgentes y cómo ejecutaron a varios oficiales españoles a quemarropa, brutalmente, haciendo que sus cuerpos se desmembraran en medio de la nada? Es verdad que solo puede ser oscuro el desfile de lo que empujamos con la punta de los dedos desde otra dimensión y pretendemos que regrese a nuestro antojo para decir: míralo, esta cadena es lo que estuvo pasando y sujetarla en el aire como el que exhibe un collar de perlas negras que apeteciera llevarse a la boca aun sabiendo que su gusto es ácido o mortal.
Más de una vez me he forzado a reescribir la novela de la que conservo un recuerdo fantasma que multiplica los meses pasados por tal cifra que necesitaría varios prismáticos colocados uno detrás de otro para determinar cuándo paso, cuándo empecé a escribirla después de la famosa reunión con mi padre tomando café en la mesa baja del salón mientras sus dedos desplegaban el papel de sus recuerdos anotados. Vuelvo a concentrarme y puedo ver su caligrafía, la que no ha variado con los años, su pulcritud exasperante y decididamente alejada de mí. También en cada una de esas ocasiones he desistido de hacerlo. Me han faltado ganas de asomarme de nuevo al vacío, a la mareante extensión en la que no hay nada. Pero el desfile oscuro continúa pasando en silencio. Sé que solo son sombras. Algunas me son familiares, otras me engañan por su deformidad y son las que más me llaman, las que requieren respuesta o desenmascaramiento urgente si no quiero dejar todo como esta y que nadie nunca sepa nada. La medalla me mira desde su espacio acristalado. Es la condecoración de una guerra que no he ganado pero a la que iría sin pestañear. Quizá sea la puerta que comunica con la tierra de las segundas oportunidades. Asomado a ella veo el perfil de un rey que me invita a entrar.

5 comentarios :

Rafael Caunedo dijo...

...me ha gustado tu artículo...

josepmanel dijo...

El título del que hablas tiene la propiedad de abducir el interés. Da ganas de encontrarse una novela con él en la cubierta y tragársela entera. Por satisfacer este egoismo creo que deberías cruzar al otro lado.

Arrowni dijo...

Como de costumbre un escrito estimulante y personal, estoy acá leyendo aunque no siempre tenga algo que añadir.

Yo tengo la creencia, o mejor dicho, la convicción, de que el tiempo no existe como tal. No importan las razones, sino la conclusión que tiro del objeto. Es verdad que el futuro como el pasado distante nos está vedado y es como la sombra. Incluso nuestra vida en el recuerdo no posee el mismo brillo. Proust decía que lo que sentimos y la literatura de alguna manera restituye el pasado; su lección para mí fue más bien que algunos objetos permanecen ligados intrínsicamente al pasado y pueden brindarle luz.

Si en este caso, se trata de la medalla, o bien de vos, ¿cómo podría yo saberlo?

Un saludo.

luis acebes dijo...

Josep, me gustan siempre mucho tus comentarios pero este en concreto me ha emocionado. Intentaré satisfacer tu egoismo.
Un abrazo,

Luis

luis acebes dijo...

Arrowni, estoy encantado de que me leas y que escribas estos comentarios tan estimulantes. Añade siempre todo lo que quieras.
Un saludo desde madrid,

Luis