1/3/11

Como eran jóvenes atravesaron Roma caminando. La luz de octubre les acompañó por dentro y por fuera: en los carromatos que vendían fruta brillante, en las tiendas en las que sonaba jazz y les miraban como extranjeros atravesados por una varilla y girando lentamente ante el fuego de sus ojos. Como lo eran, como su carne distaba poco del estallido casual de la alegría caminaron varias horas cogidos de la mano emulando a los niños que investigan un corredor sombrío o a los que empujan suavemente una puerta para mirar qué hay dentro sin pensar que allí pueda vivir el horror o esas imágenes que tardarán años en irse. Al llegar a la plaza empedrada, la misma del sueño que tuvo él varias veces antes en el que montaba en una bicicleta plateada trazando círculos y sin ver a nadie, solo el sol disfrazado de tribuno con su capa blanca y los detalles de oro corriendo, desvaneciéndose, desembocando en las piedras irregulares que después pisarían las gomas de las ruedas creando un sonido puro que destacaba en el contexto del sueño y sería recordado después y también en ese mismo momento, con ella, mientras escribía una postal a un amigo en la que se hacía pasar por el Pontífice y le deseaba lo que se supone que desean esos hombres que se mueven tan despacio. Después comieron en el Trastévere. Se sentaron a una mesa oxidada junto a una pequeña glorieta y dejaron que las cosas pasaran a su manera: el calor pegajoso que se deshilachaba sobre sus cuerpos, los otros turistas que miraban y rebuscaban rincones no fotografiados, los perros, las palomas, la sensación de no estar en el mundo, de no pertenecer a la misma especie y ser otra distinta, no aeróbica, no orgánica, especie mineral que viaja disfrazada de persona y emula sus reacciones y los grititos de gozo ante un fresco del Renacimiento o un cuadro que por su sola vejez hace replantear el drama de la muerte. ¿Quién necesita morir en Roma? ¿Quién podría quererlo, esperarlo, haber viajado hasta allí para respirar pesadamente y prepararse para el último viaje? Ellos no. Ellos vuelven a su hotel. Canturrean baladas italianas que oían de niños. Ellos le disparan diminutos huesos de aceituna al destino, apuntan a ese espacio entre sus cejas, justo a esa zona facial encargada y culpable de tantos dolores de cabeza. No reniegan, solo es un juego. Después, cuando la batalla cesa y la boca se queda envuelta en una nostalgia oleaginosa, él posa la palma de su mano en la tripa de ella, en su montaña, en la colina del auguri. Su hija duerme dentro o vive dentro o ensaya sus gestos humanos y se prepara para otras luces de octubre que le pertenezcan más adelante por completo.

4 comentarios :

Anónimo dijo...

Luis, me encanta, es precioso...
itzi

Pelayo dijo...

entrad en laurbakids.blogspot.com

t3r3 dijo...

dime lo haz escrito tu?ya o publicaste?cariños sagitariano loco

t3r3 dijo...

viviana podesta te saluda y felcita loco sagitariano colega