18/3/11

Acabé un libro de relatos cortos el verano pasado. Le di duro. Escribía en la mesa del salón, con la casa vacía y frente a un ventilador plateado. Nuria y las niñas estaban en la playa, en la casa que tienen sus padres en S’Agaró. Los fines de semana me levantaba temprano y escribía en calzoncillos. Como no soporto el aire acondicionado encendía el ventilador enseguida aunque no hiciera calor. Para escribir no te mueves pero empiezas a sudar rápido, es ridículo pero funciona así: una carrera en solitario que como mucho te ofrece la contemplación final de una pancarta en la que en vez de meta pone porque sí. En verano, las urbanizaciones cercanas a Madrid se quedan casi vacías. No se escucha nada. Los juguetes se quedan sobre el pavimento de las terrazas en la posición que los dejaron ese último día. Por eso, al asomarme al mirador con un café en la mano podía ver una moto de plástico de colores muy llamativos o un andador carcomido por el sol y con las correas aferradas a la costumbre de la gravedad ante la indolencia de la brisa de julio. Cada poco tiempo me levantaba de la silla a fumar o a por algo de comer. También pasa que cuando acabas de escribir un buen párrafo te levantas de la silla y haces gestos vergonzantes: palmear, tocar un punteo en una guitarra imaginaria, bailar, imitar a un delantero que admirabas en la infancia cuando marcaba un gol y quizá se hincaba de rodillas mirando a la grada o levantaba las palmas de la mano al cielo en actitud teatral. Qué importa lo que hiciera. Nadie me veía. Estaba yo y yo, los dos escribiendo, los dos bajando por un tobogán encerado, los dos convencidos de que la gloria era exactamente eso, esa soledad, esa sintonía abrumadora con uno mismo, esa paz que zumba en los oídos y que dice obscenidades que hacen temblar. Después pasaba. Luego llegaban las lagunas, las ruedas de atrás embarradas, el plantarse en jarras en medio de la nada esperando que pasara alguien con un bidón de agua. Y pasan los minutos y no aparece nadie. Solo tú. Solo uno. Ya ni el otro está contigo. Desaparece a la mínima. Sale corriendo con la brújula buscando las comodidades de la civilización. Por la noche encendía la tele como el que queda con un idiota solo para espantar el silencio. Después de estar más de ocho horas escribiendo pierdes algunas nociones básicas. También me ha pasado de tener que buscar con ansia un espejo para mirarme. Cuando sucede eso corro al que tengo de aumento en el baño y repaso mi rostro. Verme los poros aumentados me devuelve a la realidad. Este eres, me digo, el explorador dominguero de selvas que no existen, el corredor, el transpirador solitario, esta es tu nariz y los ojos caídos que hacen que las palabras que escribes también se caigan. Y luego volvía y seguía escribiendo, seguía buscando las llaves de la celda, la forma de esa nube perfecta que me pase por encima y me dé paz para descansar. Y como nunca viene hay que seguir hasta que ya no puedes más y te dejas caer en la cama y durante unos segundos escuchas lo que hay en tu cabeza, los ecos que han dejado las palabras yendo y viniendo y luego ya nada.
Ahora, cuando miro el manuscrito impreso y encuadernado me acuerdo de ese último verano y me avergüenza que se acabase tan rápido y que quizá no tenga más que decir sobre todo lo que pasó. Quedan 168 páginas escritas que ocupan un lugar en un estante de mi estudio. Las miro y no me contestan, pero en su silencio solo puedo entender una señal, la de continuar.

3 comentarios :

Mayte Reyes dijo...

Muy bueno Luis ... una lectura que te engancha y desprende fuerza ... felicidades

Arrowni dijo...

Concuerdo. Especialmente bella la imágen del futbolista, la guitarra y la danza.

luis acebes dijo...

Muchas gracias a los dos, Mayte y Arrowni, un placer veros por aquí y vuestros comentarios.