23/1/11

Quizá no sea hoy el día. Me lo digo despacio, sin mover los labios, a la luz del mirador del salón. Son algo más de las cuatro de la tarde. Fuera está lo de siempre mas un ronroneo de ruedas de patín deslizándose por el cemento. La realidad y sus ruidos digestivos. O como esos disfraces alquilados que usa la calma, quién sabe. Pero no creo que sea el día para casi nada. Solo para estar aquí y así, para recordar las viejas lecciones de “soy un cuerpo y cuando respiro debo notar el aire entrando, después debo dejar que los brazos encuentren su sitio, que jueguen a ser ramas de un árbol amable que no rechistará ante ningún movimiento inesperado.” Existir en domingo no es complicado. Nada se exige. Todo cuece como en esas sopas de hace cientos de años. El propio tiempo remueve con su cuchara de palo. Lo hace cuidando de que los círculos sean armoniosos, pero siempre le tiembla la mano: la perfección es un ideal que nadie ha pedido. A ratos bebo te en un vaso de vidrio grueso. El sol se cuela en el líquido y me hace pensar en piscinas abandonadas, en princesas muertas que surgen de un lago, en un mundo bañado por sangre de animales imaginarios.
Pienso en Santiago Campos, que lee esto en su trabajo. Pienso en lo que me dijo el otro día de una novela que vio empezar aquí. Pero siento que hoy no sea el día. Debería llamarle y decírselo. No quiero engañar a nadie. Mis expectativas crecen en una caja de zapatos con agujeros en la tapa. Lo hacen despacio, tejiendo un ovillo de seda que nadie apreciará. ¿Por qué cierro los ojos y aparece Averroes comiendo uvas en un jardín? ¿Será esta luz de invierno que sacrifica la punta de todos mis sueños y me hace imaginar espacios en los que nunca he estado? ¿Será el tiempo, moviendo su sopa deplorable, el que me lleve a dar vueltas también? Marguerite Duras escribe en su vieja casa. Desde la ventana de su estudio ve el jardín. Sabe que morirá pronto y reflexiona amargamente sobre el extraño impulso que le llevó a dedicar su vida a la escritura. En su mano derecha luce (la palabra es lucir, no llevar ni poseer ni ostentar) una sortija enorme, de color rojo; contrasta con sus dedos arrugados. Yo estoy a su lado y quiero tocarla. Me gustaría hacerlo sin que ella dejara de mover su pluma. Si la toco conoceré el milagro. Si la toco no moriré nunca. Mi cobardía me impide hacerlo. A cambio fijo la vista en la misma extensión de jardín que ve ella. Nuestros ojos juegan al comunismo. Después regreso y vuelvo a apoderarme de mi espacio en el mirador. El te ya está frío. La luz decae. Es cierto, hoy no era el día para casi nada.

2 comentarios :

Karen Valladares dijo...

Interesante blog

te comparto los mios

www.karenvalladares.blogspot.com

www.poetasdelgradocero.blogspot.com

luis acebes dijo...

Gracias, Karen, me pasaré.