8/1/11

Comimos con Ángel y Victoria en su casa de Montcada. En la habitación que tienen nada más entrar estuvimos un buen rato viendo los peces. Mireia pegó mucho la nariz al cristal de la pecera más grande observando los colores y las irisaciones de esos animales que siempre me han parecido tan alejados a lo que somos. O puede que los extraños seamos nosotros y nos vean deformados al otro lado respirando un gas que a ellos les mataría. Ángel lleva luchando más de un año con un cáncer, pero me dio la sensación de que está ganando. Lo digo por la forma de dar de comer a los peces, cómo activaba el mecanismo automático y con qué paciencia o amor o cortesía hacia la vida vigilaba su funcionamiento dando pequeños golpes muy calculados para que el alimento no se atascase en el tubo. Me gustó que mi hija pequeña fuera testigo de todo eso y que aprendiera o algún día recordara lo que vio: un hombre agarrándose a sus raíces para que la muerte no se lo lleve, un hombre que se rodea de todo eso (malo o bueno o aburrido o glorioso) que ofrece la existencia diaria.
Después comimos. Desde mi sitio podía ver un trozo de una plaza y el penacho de una palmera. Qué sencillo es vivir. Abres la boca y masticas. Abres los ojos y ves. Luego están las palabras. Esas son más complicadas. Por eso prefiero el silencio y los trozos de realidad que me encuentro por el camino. Me gustó sentir la entereza de alguien como Ángel. A partir de aquí podría hablar de guerreros antiguos o de leyendas de seres extraordinarios que vencen a sus oponentes o retuercen los rayos que les mandan los dioses como si fuesen ramas secas. Pero en aquella casa no estaban. Solo él, el hombre que daba de comer a los peces y que se entretenía construyendo jardines alrededor de su tristeza.
Cuando acabamos de comer nos quedamos un buen rato hablando. Los que más le conocen dicen que habla poco, pero ese día se desató. Habló de islas griegas y las mezcló con viajes a Granada y barbacoas de hace muchos años en su casa de la playa y después llegaron las sombras perfiladas de otros viajes que ahora no sabría precisar. La memoria de un hombre se extiende por los lugares en los que ha estado. Esa es la única mitología a la que al final tenemos acceso. A medida que la conversación avanzaba también lo hacía la oscuridad de una tarde de invierno sin importancia. Luego nos fuimos. Pero antes de salir hicimos una última visita a los peces. Ángel nos contó que uno de ellos (el de aspecto más imponente) intentó comerse a otro que había muerto. Dijo que estuvo varios días con la boca del pez asomada a la suya, como una criatura deforme, paseando su triunfo o mendigando una ayuda imposible antes de morir también él asfixiado. Ángel dijo que no pudo hacer nada, que su intervención hubiese empeorado las cosas. Y lo dijo con una serenidad desconcertante. Hay leyes para dentro de las peceras y hay otras para fuera, aunque al despedirnos, al darme Ángel su mano, supe que son las mismas.

1 comentario :

acróbata dijo...

Contrasta la profundidad de pensamiento que le das a tus letras con el retrato diario que enseñas por medio de ellas. Al final cada uno respira y sobrevive lo mejor que puede dentro de su propia pecera.

Saludos.