8/12/10

Recuerdo la carpeta. Era azul, jaspeada, con unas aguas que si cerrara los ojos podría identificar tono por tono. Las vendía un amigo que conocí a los catorce años, no sé si él o un hermano mayor. Dentro de esa carpeta archivaba las cosas que escribía: poemas horribles y mucha prosa que con el tiempo descubrí que se llamaba poética. Lo hacía por necesidad. Lo hacía por inconsciencia. Vete a saber por qué lo hacía, cuál era la razón de meter folios en una máquina de escribir blanca y dejar que lo demás sucediese solo. Había que tener cuidado con las hojas porque tenían el membrete del banco en el que trabajaba mi padre. Algunos poemas salían con el logotipo en una esquina y se convertían en cartas imposibles de mandar. Ojalá hubiese llegado alguna a un cliente: poesía auspiciada por entidad con ánimo de lucro. Fuera así o en cuartillas blancas o en hojas holandesas de color crema escribía para impresionar. Estaba Rosa. Estaba Begoña que se casó muy pronto y tuvo un hijo cuando yo andaba todavía saltando de bar en bar y sin saber qué me esperaría en la casilla siguiente. A veces el ritmo es lo más importante, el tambor que usa la línea del tiempo y con cuyos redobles retumba nuestra piel y la tierra que pisamos. Y tiene tanta importancia que hace que las personas se alejen o se acerquen a nuestra vida. Muchos lo llaman casualidad o destino, pero sólo es distinta cadencia dentro de la misma rueda. Las que eligen tomar distancia parece que se van con una flecha clavada en un talón y emitiendo reflejos dorados que los más realistas difícilmente sabrían apreciar. Estaban ellas y detrás estaba yo, un niño asustado, malvado, inocente y habituado a la tristeza como hay otros que se habitúan a los paseos largos o a la morfina. La carpeta azul crecía y se llenaba de insensateces. Me gustaba el ruido de las gomas cuando la cerraba, me hacía sentir como esos viejos que esconden dinero dentro del colchón. Una vez mi padre descubrió la carpeta pero no me dijo nada. Lo supe por unas correcciones ortográficas hechas con tinta azul. Eso fue todo: acentos, mayúsculas, una uve sobre una be y una gran soledad después de comprobar que ese sería el mayor de nuestros diálogos literarios.
Hace ocho o diez años descubrí la carpeta el día después de una mudanza. Al principio sentí mucho pudor de abrirla y leer esas hojas amarillentas; pudor y asco, algo parecido a cuando abres una bolsa de pan de molde que lleva meses en un armario y al quitarle el cierre de plástico te viene la vaharada ácida del moho y tus ojos observan la rebanada verde que jamás tocarás por mucho que la curiosidad te empuje. El asco es un indicador como otro cualquiera y puede ser un buen amigo en estas ocasiones. No llegué a tocar la primera rebanada, sólo recorrí los primeros renglones como el que pasea la mirada por un cementerio abandonado. Volví a cerrarla y la tiré en una bolsa de basura que había en el pasillo. No pasó más. No sonó ningún himno ni hubo moralejas ni conclusiones ni voces interiores (como las de los finales de película) que me dijeran nada. Lo que pasa es que hoy me había acordado de ella y de lo importantes que resultan, cuando el tiempo tuerce la cabeza hacia atrás, algunas cosas que dejamos por el camino.

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