9/12/10

He vuelto a escribir poesía. Lo digo con la naturalidad del que hace tiempo que no abre una lata de melocotones en almíbar y con su sólo recuerdo provoca que la glándula salival se active; no le da más importancia, sólo obedece a la humedad repentina del paladar y actúa en consecuencia: abre un armario o entra a un supermercado y cuando encuentra el producto (como mucho, como gran fiesta) pasa las yemas de los dedos por el contorno de la lata antes de echarla al carro. Mi relación con la poesía es bastante similar, aunque nada tiene que ver (espero) con el almíbar, líquido que odio y más cuando se utiliza para sumergir palabras. Mi modelo poético podría ser Raymond Carver. Cuando empecé a leerle comprendí que escribir poesía debe ser un acto sencillo, que en lo más pequeño y cotidiano se esconde el secreto de todo y que hay que escarbar mucho, hay que hacerse tantas preguntas y romper tantos espejos que se convierte en una actividad titánica. Un hombre abre la puerta de su casa por la mañana para ir a trabajar y le sorprende una luz desconocida, es la misma que ha estado allí todo el invierno pero ese día tiene una densidad o un brillo o un significado distintos a todas las otras luces de su vida. Publiqué hace dos años mi primer libro de poesía, lo llamé Música ligera (o fueron los propios poemas los que decidieron ese nombre) y recuerdo que uno de los editores más famosos de España, al leerlo, me dijo que le gustaba, aunque reconoció que para él no era poesía, lo veía ausente de todo lo que para él lo era: ritmo, cadencia, musicalidad y otras palabras que ya no recuerdo de su mail. Quizá tuviera razón y lo mío no se pueda calificar como poesía. Confieso que su crítica no me quitó el sueño y que mi saliva sigue humedeciéndome el paladar muchas veces y muchos días por las razones más diversas.
El otro día, cuando estaba abriendo el documento de Word para ponerme a ello no sentí la lengua de fuego brotando de mi cabeza ni la habitación de casa en la que escribo se llenó de arcángeles custodios que me dedicaran ninguna polifonía. La cosa sucedió como ha sucedido siempre, las palabras empezaron a llegar como llegan los amigos a una fiesta. No sé si a Carver le pasaba lo mismo cuando escribía, me da que sí, me da que la belleza de sus palabras reside en ese tipo de detalles. Los poetas con bastón de plata, los que estudian los movimientos de la luna, los que confían en sus intuiciones telúricas no me dicen nada. Ni los popes ni los santones ni esos que se elevan un palmo sobre la tierra para revelarnos verdades universales. Prefiero el chirrido de mi carro de supermercado y mis viejas y queridas latas de melocotones.

2 comentarios :

Concha Huerta dijo...

Estoy de acuerdo contigo. Yo también prefiero la cercanía de lo que nos rodea a la inspiración divina. Aunque yo no escribo poesía sino más bien prosa poética. P. Coincidimos en el gusto por Carver. Te dejo el link de mi blog por si te apetece visitarlo. Un saludo
http://conchahuerta.wordpress.com

lu dijo...

Lo visitaré encantado, Concha.
Un saludo.