12/11/10

Llevo tres días sin poder hablar. No me sale la voz o me sale un hilo desagradable que emite resquebrajamientos y baches que me hacen parecer un espíritu encerrado en una sicofonía. La laringe, la faringe y esas cuerdas de precisión que hacen sonar al instrumento: todo eso es lo que me pone en entredicho al abrir la boca y que el esfuerzo no conlleve el resultado automático de las palabras. Mi humanidad resulta cuestionada cuando me cruzo con el vigilante del edificio en el que trabajo o al pedir el café en vaso con la leche templada ayudado de ridículos gestos circulares de mis dedos que no hacen más que confirmar que sólo soy ese esqueleto desolado que tintinea sus huesos en el aire, sujeto del parabrisas del vacío por una leve ventosa; una idea recubierta de vísceras como las que venden en las casquerías de los mercados.
Pero puedo escribir. La afonía no me impide hablar de la afonía o de la luz que veo desde el ventanal de mi despacho, esos reflejos invernales, pálidos y con el movimiento que haría un pegote de mermelada en una tostada inclinada. Puedo escribir. Puedo decir lo que se me ocurra sin tenerle que pedir permiso a mi laringe inflamada o a esas cuerdas vocales que imagino como las que separan las calles de las piscinas olímpicas, pero en mi caso flotando inútiles sin ninguna competición que celebrar.
Seguro que el lector que me recrimina mi ombligismo se frotará hoy las manos cuando me lea: carne fresca para mi crucifixión. Adelante, que así sea. La vida seguirá sucediendo a nuestro pesar, subrayando con su fluorescente amarillo nuestras estupideces y los intentos icarianos de enfrentarnos al mundo.
Lo cierto es que agradezco en parte mi actual estado: lo que no sale por la boca saldrá por otro lado o se quedará marinándose por dentro en esa bandeja de alpaca que me coloca el pasado en el centro de mi habitación favorita, en el suelo y sobre una alfombra que seguramente estaba en casa de mi abuela paterna. Pienso en ella a menudo. La veo moverse por el pasillo de su casa en dirección a la cocina, que era el final de la boca de ese lobo que me asustaba. La reclusión de mis palabras me ayuda a pensar en ella y en las veces que no quería besarla cuando iba con mis padres a comer los domingos a su casa. Este niño no me quiere, decía y después giraba su gran anatomía y se retiraba como un robot cansado. Ahora mismo he sentido un pinchazo en la garganta al recordarla: ese pasillo es hoy mi garganta y sus otros tubos. He sentido que mi abuela avanzaba a machetazos entre su oscuridad cortando las cuerdas vocales que le impedían el paso. Cada cuerda que cortaba se perdía una de mis palabras.
Ya está bien. He de volver. Que la luz de noviembre me ayude a instalarme en la idea de que hoy es viernes y 2010 y todos los pegamentos necesarios para permanecer aquí a pesar de mi manía de hablar hacia dentro.

4 comentarios :

Rocío L'Amar dijo...

aquí estoy para seguirte, con disfonía o sin ella, besos, Ro

lu dijo...

Muchas gracias, Rocío!!

Anónimo dijo...

Hola Luis. El título del blog está obsoleto. Ponle mejor, "El ombligo del mundo". Y como sigas fumando con la garganta averiada tendrás que volver a cambiarlo por "El ombligo del mudo". Cuídate.
Saludos del Ombligo Enmascarado.

lu dijo...

Tienes razón, tengo que dejar de fumar. Los ombligos fumadores no están bien vistos.
Muchas gracias por tu comentario, ombligo enmascarado. Que nunca falte.
Un saludo.