5/11/10

Alejandra, desde Tucumán, Argentina, me dice que llevo dentro una voz muy de todos y que pocos pueden expresar como vos (yo) esa nada de mierda que nos aterra y la bellesura de la vida. Me quedo pendiente de esta última expresión como si fuera un cachorro de pterodáctilo que aparece de pronto en casa: no sé si gritar o bordar sus iniciales en una sábana. Me quedo sentado observando esas cuatro palabras desconocidas y pronto siento que hayan estado conmigo siempre. Alejandra, desde una provincia argentina tan eufónica y que promete un cruce eléctrico entre tucanes y torpederos, me conmueve con sus palabras. También me aterra, como la promesa nauseabunda del reptil volador. Eso no se lo dije en el momento pero sí que me atrevo ahora. Recuerdo que también comentó que mi vida había trascendido, que era ya un poco de todos los que leen esta página. Vale. Tampoco es que nunca me hubiera sentido propietario de mi vida ni aspiro a ser ese hombre que se mece junto a una ventana con las escrituras de su existencia en el regazo. Realmente no sé qué oficio o cargo es ese de poseedor ni las obligaciones que comporta. Cierro los ojos e intento imaginarme como el propietario del ruido que hace el aire al entrar en mi cuerpo; también permanezco atento a las ondas de submarino cansado que emiten mis tripas: siempre he creído que los intestinos representan la zona más abisal del cuerpo, incluso no descartaría que en sus oscuridades reinasen animales cuya sólo visión me haría enmudecer: monstruos con cabeza de garbanzo, por no hablar de las deformidades que haya podido crear mi miedo o mi orgullo en todos estos años. Pero Alejandra quizá no quiera que hable de esto y preferiría una imagen de escritor que no se afeita mucho, desordenado y con un tocadiscos en el que gira de la mañana a la noche un disco de cualquier cantautor-guerrillero-profesional del intimismo de habla hispana. ¿Y yo qué sé lo que espera Alejandra si a duras penas sé lo que espero yo? Si es que espero algo, o si en este viaje que empezó conmigo mirándome en un espejo (así arranqué a escribir) y que está transcurriendo por una extensión desconocida en la que el espejo se rompió o lo rompí yo en un acto de altanería necesaria para poder avanzar y que las palabras que digo me suenen verdaderas y no salidas del megáfono de un payaso sin gracia que pretende hacer que la gente se interese por su actuación.
Lo que ocurre es que Alejandra soy yo, una extensión que me creció y cruzó un océano porque ya no soportaba la convivencia con el resto de órganos. Y ahora me ha hablado y resulta que mis tijeras de podar se han recubierto de un polvo de oro tan fino que me produce escalofríos abrirlas para cortar esa rama. La insoportable bellesura de la vida tiene la culpa de todo. Y perdona, Alejandra, que haya destapado el bote antiguo de galletas en el que mantuvimos precintada la conversación. Los otros Luises y Alejandras del mundo quizá nos lo agradezcan algún día.

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