11/10/10

En días así no sabe. Se imagina asomado a una almena y tocando un instrumento antiguo que se parezca a su nostalgia. Con cuerdas y forma redondeada de cáscara de nuez. Que no brille. Que sean sólo sus ojos los que lo hagan en el intersticio del viento imaginado o real. También busca una persona que no sea ni la primera ni la tercera. Piensa en un yoel, en un tuyó, en una forma personalizada de expresarse sin necesidad del rubor o la distancia. En días como el que ha sucedido se acuerda de visitas a castillos abandonados, comidas con conocidos a los que sólo le une que su hija comparta clase con otras niñas que resultan ser también las hijas de alguien. Yo, tú, vosotros. Para la tristeza se va haciendo necesaria una nueva nomenclatura. Que sea poderosa. Que no pese. Que sujete en el aire lo que debe flotar. Después piensa en el resto del día que pasó hace tiempo: la comida, el cordero demasiado hecho, la carne que se desmembraba al tenue contacto de las puntas del tenedor. Rodeado de ellos sentía la necesidad de ese instrumento sin nombre. Escuchaba su sonido, la letanía incompartible, ese “¿a que no sabéis qué estoy oyendo mientras vuestras bocas se abren y se cierran compartiendo deglución y cortesía en un mismo espacio?”. La hora ya es avanzada. Quizá las primeras muecas del frío le hicieron recordar esa jornada: la caminata en círculos, el pelo de sus hijas ante su vista, su afán de perro guardián que desdeña la conversación y se concentra en ahuyentar los peligros. Asomado o sentado en un banco de piedra se imaginaba contemplando un río y un precipicio. Sus manos tocaban el instrumento fantasma. Prefería no mirarse los dedos para olvidar que había regresado esa misma mañana de una batalla. Los cuerpos sin vida flotaban adheridos a las sombras de las nubes. Los cambios de luz eran tan insoportables como los de su ánimo. Qué condena vivir fuera de la época marcada. Qué obstinación la de buscar y empecinarse en hallar consuelo en una tierra baldía. La llegada del frío le provocaba un aspaviento en la memoria, un desplante de todos esos recuerdos que ya no sabría explicar de dónde salieron o si fueron fabricados mientras la vida le giraba amablemente la cabeza para que mirara hacia otro lado. Sin embargo las notas son dulces. Piensa en la cadencia del tiempo y en cómo cientos de años pueden comprimirse hasta compartir las señales de un mismo cruce. Sus uñas ensangrentadas rasguean las cuerdas muy despacio.

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