20/9/10

La Gran Vía a las nueve de la mañana es una calle cualquiera. Yo también soy un cuerpo cualquiera cuando mis pies recorren uno de sus tramos a esas horas: hoy, algún día de la semana pasada, quizá mañana cuando vuelva a jugar a ese hombre de mediana edad con bandolera roja que va a algún sitio. El edificio de Telefónica me mira desde arriba como esas criadas negras de los dibujos animados antiguos cuando veían un ratón en su cocina. Los pilares de esa mole que sueña que está en Manhattan tiemblan imperceptiblemente cuando mis patitas atraviesan el trozo de acera en el que se posa. Si soy un ratón, le digo, un funcionario que roe pedazos de queso antiguo que encuentra por ahí, si me llamo Jerry, no tengas miedo. Las calles famosas se comportan como divas de cine mudo. Tardan horas en desperezarse y siempre hay algo en sus poses que te recuerda que puedes salir disparado de una toba (esa catapulta anticuada que hacían el pulgar y el índice de mi mano cuando era pequeño) a una de las calles traseras que huelen a frito. Cuando camino por Gran Vía me doy cuenta de que no conozco Madrid. ¿Cuántas veces he pasado por aquí? ¿Cuántas veces he visto ese letrero o esa tienda de audífonos? Vivo en una ciudad que cumple a rajatabla su esencia de organismo vivo. Las percepciones arquitectónicas (tan asimiladas, tan estandarizadas en mi mente) me esconden las otras, las de lo que muta como cualquier organismo decente o indecente que haya decidido ver pasar el tiempo aquí. Otra vez el juego de esencias desplegando su tablero ante mis narices. Juega, me dice, juega hasta que descubras algo que no sabías ayer. Ser un esclavo de mi propia memoria es un castigo. ¿Qué tuvo 1983 que no tenga 2010? Los recuerdos me persiguen en fila india como pordioseros que sostienen calendarios en alto. Cada uno de ellos pugna por ser el favorito. Para evitar desfiles estrafalarios me detengo y miro hacia las azoteas. Las hay con gárgolas. Las hay que parecen tartas nupciales de otros siglos con novias ausentes que ahora sólo son presencias camino de las nubes. Me deteriora tanta introspección. Envidio a los turistas que, recién desayunados, miran con cara de inauguración a todo lo que les rodea. ¿Hace cuánto que no soy uno de ellos? ¿Por qué tuvieron que hacerme así? La tienda de los audífonos levanta el cierre muy despacio. Dentro estará el dueño con el dedo pegado a un interruptor y su cabeza masticando las dos sílabas de la palabra lunes como si fuesen trozos de chicles distintos. Creo que la vida a las nueve de la mañana puede ser cualquier vida: una con guantes, una con un caniche que olisquea un árbol, una de dos novios latinos que no han dormido o lo han hecho juntos en una pensión de pasillos interminables que no olían a café. La realidad nos ampara y nos desampara. Esas dos acciones las realiza a la vez y sin fijarse mucho. Por eso la gente que camina en una ciudad por la mañana (yo, tú, cualquier pequeño ejército de desconocidos) debe tener cuidado de por dónde anda.

2 comentarios :

acróbata dijo...

Muchas veces me hago la siguiente pregunta:

¿Verdaderamente cambia tan aprisa el paisaje que nos rodea, o es mas bien nuestra percepción, según nos encontremos ese día, lo que nos da una nueva perspectiva de lo que penetra por nuestra retina?

Un placer leerte Luís.

lu dijo...

Acróbata, me encantan siempre tus reflexiones. Sí, es cierto, es la percepción la que manda siempre.
Muchas gracias por seguirme.
Un placer.