2/9/10

Hay algo en el comienzo de Hungry Heart (me refiero a la versión del disco Live 1975/1985, ese en el que Springsteen lleva su telecaster agarrada como si fuese un AK-47 recién disparado) que me conecta con ese que fui en el pasado. La música hace esas cosas. Por eso la gente almacena discos y luego un día los saca y pasa las yemas de los dedos por la funda o la caja o la carátula intentando rastrear la huella que le dejó en cierta época, ese sustrato falso o verdadero de lo que fue y que se ha ido perdiendo entre el polvo fantasmal del camino. A veces, en esos estúpidos ejercicios de nostalgia, uno se deja llevar hasta esa débil ramificación que le ofrece la memoria y se vuelve a contemplar en un coche con las ventanillas abiertas, en verano y cantando con los ojos cerrados. La música nos inventa, eso es lo que mejor hace; nos dice: te desclaso, te desfiguro, esta noche puedes ser lo que quieras, esta noche te prestaré la base rítmica de Billie Jean para que camines por la pasarela de tus sueños como si fueses un héroe desfilando por las céntricas avenidas de tu patria. La música también sabe que el dolor es el alimento de los héroes, como decía Borges, por eso muchas veces hace como que no ha pasado nada. Baila, con eso bastará, nos dice.
Esta tarde escuchaba Hungry Heart. No he aguantado hasta el final. Algo me lo ha impedido: pudor o pereza o las dos cosas a la vez como dos lastres desmesurados para la envergadura de mi globo. Lo bueno de la música es que la puedes parar, la puedes tirar, la puedes ignorar sin que se ofenda. Cuando Springsteen no canta sé que se tiende en un surco del vinilo como esos segadores rusos de principios de siglo de piel quemada por el sol.
Pero sigue habiendo algo en el comienzo de esa canción que pone en funcionamiento al ejército de zahoríes que rastrean mis ojos en busca de agua. A veces ciertas canciones hacen que los zahoríes sonrían ante el indicio de humedad; en ese momento hay que apretar los puños y pensar que sólo son canciones, piezas de tres o cuatro minutos pensadas para llenar huecos humanos, para parchear esas grietas inconfesables que nos nacen por dentro a cada instante.
Y después ya nada. Una calma de textura hermética sólo rota por el ruido de una secadora que, por el patio, me recuerda que ya estamos en el segundo día de septiembre de un año tan lejano a nuestras cavilaciones como la visión de mi propia mano a través de una lente invertida.

1 comentario :

B. Miosi dijo...

Hola Luis,

Un placer recorrer tu blog, me gusta la manera introspectiva de tu escritura. Espero visitarte a menudo.

Besos,
Blanc