18/8/10

Agosto en Madrid podría ser el título de una canción. Hay Otoño en Nueva York, ¿por qué no existe Agosto en Madrid? Sería imprescindible que la letra contase cómo van los vagones de metro, casi vacíos, quizá excesivamente refrigerados, con esas ecuatorianas pequeñitas que memorizan las líneas por los colores y que siempre llevan bolsas llenas de ropa, comida u objetos que supongo luego intercambian con conocidas o empaquetan para enviar a sus familias tan lejanas. Evelyn mandó un aparato para pelar patatas, mamá, dirá una niña con trenza en una casa pintada de verde claro en Guayaquil.
Agosto en Madrid no tendría las cadencias que le imprimió Ella Fitzgerald a su ciudad otoñal de los rascacielos ni el humo lento que sale de las rejillas de ventilación del metro ni contaría los majestuosos reflejos del sol en los árboles de Central Park. Madrid es una ciudad sin pompa, una población manchega que creció sin ley, un tablero abarrotado de gente que vino aquí para no mirar ni ser mirada. Pero en agosto se despeja. Las figuras huyen a otros ámbitos o se dejan caer a los márgenes esperando que una ilusión óptica aderece sus vidas con un milagro entre plato y plato, un puente provisional construido entre dos días negros del calendario. Lo que pasa es que aunque se van, aunque dejan de estar presentes, no soportan dejar de mirar su ciudad de reojo. Funcionan como los perros de los dibujos animados que duermen sobre su hueso. Madrid se vacía pero queda el espacio de las sombras de todos los que viven aquí. Por eso, cuando recorro un vagón de metro semivacío, siento el crujido extraño e incómodo de esas presencias. Parece que Agosto en Madrid sería una canción difícil de componer y no contaría con la aprobación del gusto mayoritario. Madrid es una ciudad fea. Madrid carece de esa dignidad romántica que tienen otras ciudades aventajadas como París, Praga o Roma. Pero a las mujeres de piel oscura que viajan sentadas en el metro no les interesan estas consideraciones. ¿Sospecharán que ese tipo de los pantalones cortos escribe sobre ellas? Después salgo a los pasillos que conducen a la superficie y me dejo llevar por el susurro de las escaleras mecánicas que nunca dejan de trabajar. Mi cuerpo asciende como una botella vacía en una cadena de envasado. Al llegar a la superficie estaré lleno otra vez y seré ese hombre de vidrio verdoso y esmerilado que camina feliz en una ciudad casi vacía.

4 comentarios :

Santiago Ocampos dijo...

parece que pintaras con las palabras, son descripciones cálidas, tengo la sensación de que en cualquier momento puede sobrevenir algo inesperado...muy buenas descripciones

lu dijo...

Me alegro que te haya gustado, Santiago. Un abrazo.

Luis

acróbata dijo...

Me ha encantado tu extensa y rica prosa para mostrar la particular visión del semivacío Madrid en los calurosos agostos, como reflexión me queda la sensación de que no es tan distinta Nueva York a Madrid, y me explico:
Las dos son enormes ciudades de acogida en las que sobre todo reina el anónimato, a veces para poder ver el románticismo de una ciudad hay que estar fuera de ella, pues inmerso en su frenética actividad uno tan solo es consciente de los entresijos y agobios del día a día, por supuesto esto es una muy particular idea mía.

Un placer haber paseado mis ojos por tus letras Luís.

lu dijo...

Muchas gracias por tu comentario, acróbata, y por las buenas palabras que me dedicas. Un saludo.