24/5/10

Me gusta escuchar a AC/DC muy bajito, a veces tanto que Brian Johnson parece un ratón que se quejase de forma incomprensible asomado al agujero de un queso gruyere. Quizá lo haga porque me gusten las contradicciones o porque ya me considere viejo para soportar el ruido de los metales pesados. Ahora cuando los escucho me siento como esos alemanes que llevan deportivas con calcetines blancos en verano cuando vienen a España y parecen encantados con cualquier cosa que les pase: hace sol, brindemos por ello; no hace sol, brindemos para que se vayan las nubes. Este planteamiento vital me cautiva. Deberían vender exactamente esos calcetines blancos para el alma que quiera disfrutar de una vida sin prejuicios.
Quizá esa costumbre del volumen bajo venga de cuando tenía trece años y los escuchaba en mi cuarto y no quería que mis padres me dijesen baja esa porquería, aquí no hay quien viva. Prefería mostrarme considerado y disfrutar de un hilo musical propio de un dentista que utilizase guantes negros de látex para revisar los premolares de sus pacientes.
Hace algunos años tiré todos mis discos de vinilo. Fue un ejercicio contra la nostalgia. Más que un ejercicio, un correctivo; una forma contundente de demostrale que aquí el que manda soy yo. Uno de mis mejores amigos estuvo varias semanas sin hablarme cuando le conté lo que había hecho. ¿Por qué la gente le da tanta importancia a las colecciones de cosas? Un día me levanté y vi un montón de plásticos redondos que ya no me decían nada. A la basura. Entre esos discos estaban algunos de AC/DC. Muchas de sus canciones estaban machacadas. El ruido de pelusas y los siseos las hacían ya irreconocibles. Ahora, al pensarlo, creo que la memoria sufre el mismo proceso de degeneración. Muchos de nuestros recuerdos se cubren de ruido: ruido de hierros que chirrían, ruido de desagües que vacían bañeras olvidadas, puertas que se cimbrean a lo lejos por un viento que nunca supimos nombrar.
Brian Johnson no se queja de su voz de rata atrapada en una esfera hermética. Desde allí sigue contando cosas de su liturgia infernal. Todo parece tan trasnochado como una película de Fred Astaire, y me gusta. You shook me all night long, le dice una parte de mi cabeza a mis recuerdos, y el riff de la guitarra de Angus se pierde en un bosque en el que un día existieron casas de chocolate y niños que escapaban del horno de una bruja.

2 comentarios :

María Maza dijo...

gran texto, Luis. Estoy contigo, las rémoras del pasado hay que dejarlas marchar... Hacer sitio para lo nuevo, y desprenderse :-)
el bookcrossing ya nos enseña buenas lecciones al respecto, no?
un abrazo

lu dijo...

Me alegro que te haya gustado, María. Un abrazo.