26/5/10


Alba pintó el otro día una china feliz. Miro el dibujo y la veo a ella. Me sorprende que se parezcan tanto. Recuerdo que cuando nació hace ocho años me hacía mucha gracia que tuviera los ojos tan rasgados. Parece china, decía mi madre con el bebé en brazos y girando lentamente en la habitación. Cuando una madre coge a su primera nieta en brazos suele hacer eso, es un baile, algo que no está ensayado ni se puede reprimir, quizá un rito genético que consiste en hacer que se escucha una canción de Cole Porter mientras los pies tratan de despegarse del suelo girando muy despacio.
Ahora, con ocho años por medio, con ocho sacos terreros tapando el horizonte, me siento y miro el dibujo. El pelo recogido en un moño alto, la caída de la melena que adopta una simetría casi imposible. Lo observo y siento el profundo cuidado con el que la punta del lápiz negro ha ido completando su trabajo y cómo ha sujetado las bridas de su impaciencia para que ningún contorno desentonase del resto. Pero lo que más me sorprende es que sea un autorretrato improvisado y quizá no buscado. Cuando hacemos el dibujo de una persona siempre nos utilizamos como modelo. Si tenemos la cara redonda lo haremos así por muchos años que pasen. Asumimos que la humanidad se resume en una forma. Es nuestra manera de entender el mundo. Somos el canon que no hizo falta aprender en ninguna escuela, el metro de platino iridiado con el que medimos al resto. Pero saberlo no hace que deje de ser milagroso y extraño ese acto automático de representarnos. Nos idealizamos al hablar, al movernos, al pensarnos. Quizá sea una rebeldía encubierta por el hecho de ser tan iguales. Necesitamos un misterio que nos diferencie y lo encontramos en cada cosa que hacemos. ¿Somos únicos o simplemente lo son nuestros deseos? Quizá haya días para una u otra respuesta. Pero cuando alguien se pone delante de un papel en blanco y deja que su mano guíe a un lápiz estamos dibujando el mapa de lo que somos. La punta de ese lápiz y nuestra intuición quizá se confabulen para ofrecernos la ilusión óptica de que lo somos.
Cuando Alba me mostró su obra debí cogerla en brazos y girar lentamente como hizo mi madre y puede que antes la suya y así sucesivamente hasta llegar a la infancia del propio tiempo. Pero no lo hice, tuve miedo. A lo mejor fui demasiado consciente de que el pájaro de las excepciones nunca se posa dos veces en el mismo árbol.

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