25/4/10

Internet es una trampa. Te permite buscar pero también te pone al descubierto para los que sienten el capricho súbito de encontrarte. ¿Qué puede mover a alguien a querer saber de ti después de más de treinta años? El pelo se cae o se vuelve blanco, el cuerpo ensancha, las digestiones se hacen más lentas, los reflejos también, sube el ácido úrico, la carne se desploma, ¿qué más pruebas necesitamos para constatar que el tiempo es un juez insobornable? A pesar de eso buscamos. Tú te sentabas delante de mí en clase. Vi tu nuca muchos años agachándose cuando escribías o erguida cuando el profesor permanecía de pie en la pizarra. En el patio de las columnas te pasé la pelota muchas tardes. Llovía. Nevaba. Llegaba la primavera y el colegio se llenaba del olor dulzón de los claveles de María. Y seguíamos corriendo, sorteando columnas para pasarte la pelota y que metieras gol. Pero cuando estás delante de uno de esos mensajes que vienen del pasado no sabes cómo reaccionar. Hola, me alegro de saber de ti después de todo este tiempo. Espero poder reconocerte. Vivo en Canadá. Dirijo una pequeña empresa de inversiones online. Yo me casé, tengo dos hijas y todavía conservo el pelo. Cuando miro mi foto de 2º de EGB me veo igual que ahora: la misma mirada perdida, esa tristeza altiva en la forma de posar, debida a mi astigmatismo que utilizo como parapeto ante las miradas-bomba que caen del cielo. Cuando vaya a Madrid me gustaría verte. Sí, claro, contestas, será un placer.
Internet es una trampa. Vivir es una trampa. Las sombras del ayer se esconden en una esquina, el pasado y sus tormentas. Da igual vivir en Canadá o en Chile. El pasado nos persigue con su escritorio de viaje que planta ante nuestras narices y abre y su mano desenfunda la estilográfica de oro para dar cuenta de lo que pasó. Cuéntame tu vida. Verás, es que no sé contar mi vida, cuando lo intento empiezo a sudar, el corazón se me dispara, siento vértigo. Mi incapacidad para la síntesis me agarra por el cuello y me obliga a que haga un resumen de no más de cinco líneas. No tengo mucho tiempo, dice la sombra del pasado mientras sorbe desagradablemente el café. Quiero que sea rápido, como cuando te pasaba la pelota en el patio; quiero que lo hagas antes de que el Hermano Alberto saque su silbato de plata y se lo lleve a la boca dando por terminado el recreo. No puedo, le digo. No fue buena idea que me buscaras. No fue buena idea dar un salto de treinta años y suponer que la caída sería delicada, inocua. Las cosas no funcionan así. Además, mi timidez sigue intacta y no quiero traicionarla.
Después me levanto, dejo un billete sobre la mesa, como hay que hacer cuando rasgas el tapiz del protocolo y sales en desbandada. Justo antes de darme la vuelta para salir de la cafetería le digo: no me busques más. Espero que no se enfade. Espero que no deje de pensar que la vida es un reality asequible a todos los públicos en el que se abre una cortina y aparece tu amigo del alma que llevas años sin ver o esa novia que un día desapareció de tu vida y que hoy lleva el mismo peinado que entonces. Espero que lo entienda.

2 comentarios :

Sonsoles dijo...

Si, una gran trampa, unas veces te atrapa en un sueño maravilloso, otras es una pesadilla que no quieres recordar. La vida es así, un día das la vuelta en una esquina, o te sientas en un café y te topas con tu pasado. Y de repente no ha pasado el tiempo, pero todo ha cambiado.
Si no se puede comprender, al menos lo tiene que respetar. Cuando el pasado duele ¿para que revivirlo?.
Un saludo

lu dijo...

Muchas gracias por hacerte seguidora, Sonsoles. Sí, es una trampa, inevitable, muchas veces. Como decía Kavafis: la tormenta me persigue.
Un saludo y bienvenida.