22/4/10

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva: arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos. Después de estas sencillas verdades no puedo dejar de emocionarme, cosa muy habitual en cada una de las lecturas que he hecho de Georges Perec a lo largo de mi vida. Leí "Las cosas" por primera vez en un cuartel en Zaragoza. Estaba destinado en una revista militar, puesto que me dejaba las tardes completamente libres para leer, salvo el momento en que tenía que llevar el Abc a casa del coronel. Mi coronel, el Abc. Muchas gracias, Luis, contestaba él. El coronel estaba en casa igual de bien peinado que en su despacho de la revista, sus jerseys de cuello de pico también estaban inmaculados: ninguna bolita, ningún signo de que aquella prenda hubiese pertenecido a temporadas pasadas. Para estar en casa se ponía unas zapatillas de cuero de color marrón oscuro; que nadie me pregunte por qué me acuerdo de todos estos detalles, quizá por adhesión a Perec y su pensamiento de que escribir es dejar constancia de lo en apariencia insignificante y así marcar un surco, una débil muesca en la línea del tiempo por la que avanzamos con determinación de hormigas. Por las tardes, como dije ya, me sentaba junto a la ventana de mi despacho y leía. Las palmeras del cuartel movían sus hojas anunciándome el cambio de ciclo. Pasó el invierno y llegó la primavera, la luz se volvió más amable, casi se dejaba caer en las páginas de mi libro como un niño en su atracción favorita de una feria. Después vino el verano y quizá me sorprendió con una camiseta verde del ejército de tierra y mis pies en alto, esas botas negras en las que era costumbre marcar una pequeña línea con tipex para que todos supieran tu grado de veteranía allí dentro. Leí "Las cosas" con un placer extraño. Quizá el espíritu notarial y poético de Perec me ayudó a no volverme loco; me hizo más llevadera la estancia y la experiencia al saber que las cosas que nos rodean tienen alma y un por qué que debemos conocer y examinar. Muchas veces, cuando me cansaba de leer salía al patio de vehículos del cuartel y paseaba observando las diferencias y características de cada uno de ellos: el ancho de las ruedas y su dibujo, las inscripciones codificadas que hablaban de a qué unidad pertenecían, la disposición de sus asientos y su zona de carga. Mis paseos incluían de vez en cuando pequeñas conversaciones con otros soldados a los que incluso acabé escribiendo cartas de amor para sus novias. Acabé conociendo a una de ellas, que me agradeció (ante mi estupor) el habérsela escrito; su novio, junto a ella, sonreía desposeyendo al hecho de escribir de toda cualidad íntima, todo mensaje de un ser a otro a través de su intimidad, dejando el asunto al nivel de un producto de consumo con una utilidad específica. Quizá escribir también sea eso: cubrir una necesidad mercantil entre dos almas. Visto hoy no me parece tan raro. Quizá en aquel momento me escandalizó la impostura, quizá con mis veintipocos años mi soberbia estaba en su edad de oro.
Ya. Vuelvo de Zaragoza y me bajo del tren. Hoy es jueves. Aquello acabó. Pero Perec me ha recordado que detrás de los días que pasan hay un metrónomo invisible que nos juzga y nos nombra. Espero que la vida me dé paciencia para seguir escuchándolo.

2 comentarios :

Anónimo dijo...

Cuantos años y cuantos recuerdos.El ABC de Don Luis;el Ford Sierra azul de su perrillo faldero. Esa foto de Franco a la que diariamente había que quitar el polvo. El olor a freno quemado aquellos domingos de madrugada a la entrada de la estación.El bocadillo de tortilla con chorizo del bar de la esquina al que a diario rendiamos pleitesía. Los baños del Corte Inglés nada comparables a los de nuestro hotel con reserva anual. La soledad de la oficina cuando tocaba estar solo. El teléfono y su contador trucado que cada noche nos hería el alma sin tregua.Las cartas que un día se olvidaron de llegar...
Por cierto, ¿seguirá el viejo coronel recibiendo el periódico en casa? ¿Cambiaría de coche y de oficio el sargento pelota (perdón, sargento primero)?¿ Seguirá ofreciendo aquel camarero con cara de bonachón bocatas dignos de las mejores guías gastronómicas? Y el Corte Inglés ¿habrá restringido el acceso de sus baños al noble Ejercito Español?
A veces, por engañar al reloj del tiempo o por puro masoquismo quisiera regresar a aquella ciudad y quedar a tomar un café con mis veinte años porque tenemos muchas cosas que contarnos. Tal vez lo haga .
Según tengo entendido, al viejo cuartel sin cornetas que un día nos acogió en el regazo se lo tragó la especulación inmobiliaria.
Espero que el paso del tiempo no se trague también los buenos recuerdos. Brindo por ello con un tercio de Mahou que robé una tarde de aquel garito de Doctor Cerrada.

lu dijo...

Paco, qué bueno, qué recuerdos. Déjate ver un día y nos tomamos unas cervezas recordando todo esto.
Mi móvil es 657894841.
Un abrazo.