1/2/10

Va a hacer once años que me casé. Recuerdo el día y los nervios de Nuria. Recuerdo a las monjas del Monasterio de Pedralbes cantando. Les habíamos llevado huevos la semana antes para que no lloviese, uno de esos impuestos revolucionarios que mantiene la religión a través de los tiempos. No sé si fue por los huevos pero no llovió y Nuria pudo bajarse como una estrella de cine de un Rolls Royce alquilado de color blanco para entrar en la iglesia y casarse conmigo. Del resto no me acuerdo muy bien. Hay fotos. Hay palabras que cierta gente me dijo al oído. Hay lágrimas diminutas que buscaron el sur de algunos rostros al escuchar una canción o al ver que dos manos hincaban el filo de un cuchillo en un pastel. Los seres humanos somos especiales. Nos emocionamos por asuntos extraños, lenguajes en clave que de repente producen reacciones desbordadas.
Con el paso del tiempo son las fotografías las que te obligan a recordar. Te sientan en sus rodillas y con aire maternal te dicen este eres tú, estabas más delgado, no te quedaba bien ese corte de pelo, parecías nervioso. Hay un título de novela que me viene bien para hablar de todo esto: Gente que vino a mi boda, de Soledad Puértolas. Cuando le hablo a mi mujer de algún desengaño con algún amigo del pasado siempre llegamos a la misma conclusión; sólo es gente que vino a mi boda, decimos. Imagino que después de once años de convivencia se desarrolla una coreografía de los sentimientos. El amor tiene mucho de musical de los años cincuenta. Se trata de dos personas que tienen que bajar una escalinata imaginaria en medio de ninguna parte, y tienen que hacerlo a la vez, siguiendo el ritmo de una música que sólo escuchan ellos. Según cómo se visualice puede resultar cursi, pero os aseguro que no lo es. Es parte del juego. Es parte del acuerdo y le proporciona a los días corrientes una inyección de fantasía extra que no se puede menospreciar. ¿Qué cantaron las monjas en mi boda? Vete a saber. Supongo que algo de Haendel. A las monjas les gusta, es su John Lennon particular. Sinceramente, cuando estás allí arriba disfrazado de novio no tienes tiempo para muchas florituras; se trata de aguantar el tipo y que la gente no crea que es la tercera vez en tu vida que te pones corbata.
Hay una foto en la que Nuria me mira con los ojos muy brillantes. Cuando mis hijas crezcan y tenga que decirles qué es el amor les enseñaré esa fotografía. Así no tendré que soltarles rollos ni hacer circunloquios que seguro que entenderán como alucinaciones de su trasnochado padre. El amor es una imagen. Algunas veces está en un papel. Otras, en nuestra cabeza.
Y de esto ya han pasado once años, Soledad Puértolas, de toda esa gente que vino a mi boda y que ahora son rostros espectrales sostenidos por levísimos hilos en el desfile del tiempo.

3 comentarios :

Tatiana dijo...

Qué bonita tu definición de amor. Tus hijas asociarán su significado a "esa" foto de la boda de sus padres. Así les resultará más difícil confundirse. Me has emocionado, gracias.

... Y yo también arrastro nombres que sólo son gente que vino a mi boda.

lu dijo...

Muchas gracias, Tatiana, me alegro que te haya gustado. En realidad no he inventado nada, fue más o menos lo que pasó. Un saludo.

Antonio Monerris dijo...

Maravilloso !