14/2/10

Como en un asiático nuevo. Al principio mis sensaciones se dejan llevar por la decoración, sobre todo por un buda gigante que hasta hace muy poco habría estado durmiendo en una nave industrial de Alcobendas esperando su momento. La sociedad de consumo se me atraganta cada día más. Me dijeron que era una aceituna sin hueso pero me engañaron: no me baja por la garganta y lo más probable es que un día me impida respirar. Intento ver qué queda del domingo allí dentro. Rebusco entre el oleaje dulzón de la música lounge. Miro los techos que se supone que son del cielo pero escrito con zeta. ¿Estás ahí, altísimo señor de los ejércitos invisibles? Una camarera me pone mi plato de pollo con anacardos. Le busco con mi tenedor. Lo muevo como un policía meticuloso que ha llevado más de cien casos de homicidios.
Los ventanales del local son mejores que la pantalla de televisión, aunque los clientes miran más a ésta. Levantan sus copas lentamente y observan las evoluciones de una negra que se contorsiona frente a la cámara. Vivimos tiempos extraños, como decía un anuncio. Nuestras vidas se han convertido en un remake publicitario. Las señoras calzan botas por encima de las rodillas. Los caballeros no dicen nada. ¿Qué queda de los antiguos domingos? ¿Dónde (en qué vertedero) descansarán sus cuerpos aguijoneados por el tiempo? Miro el rostro de la camarera asiática que retira los platos. Miro y no veo nada. Sus ojos son una recreación del Valle de la Muerte. La versión para europeos de una sinfonía que se llamase “Aproximación a la nada.”
Terminamos, pagamos y nos vamos. Las escaleras mecánicas sin escalones me producen un ligero bienestar. Me imagino en la cubierta de un barco que dulcemente se hunde. Me gustan estas tragedias de bolsillo. La bajada a los infiernos de cada uno debería tener este tipo de artilugios. Miro hacia arriba. El cielo está lleno de globos en forma de corazón. Imagino así el cielo de las religiones: un lugar climatizado y con globos, un dios disfrazado de vaquero que reparte dípticos de propaganda anunciando importantes descuentos en el supermercado. Mi barco se sigue hundiendo. Quisiera que la cinta inclinada continuara bajando hasta llegar al centro de la Tierra. Busco una purificación, por eso el fuego, el calor, abandonar este estado y probar otro. Ya en el coche volvemos al nivel de las personas que sacan a pasear a su sombra por la calle. Sigue siendo domingo, alguien le ha dado un bocado pero sigue manteniendo su rótulo en lo alto. Abandonamos el cielo o el zielo o esa estructura que nos ha sostenido en el aire y nos ha dado de comer comida asiática.
Miramos en los bolsillos y descubrimos que nos queda la tarde; eso es lo que pone en un billete de cincuenta euros: “te queda la tarde”, junto a un dibujo en el que aparecemos caminando despacio con las manos en los bolsillos. Doblo el billete y siento que mi cuerpo se dobla y se mete en un bolsillo profundo que huele a hace muchos inviernos; a hace millones de domingos.

2 comentarios :

María Maza dijo...

Últimamente me expreso mejor con enlaces a youtube que con palabras...

http://www.youtube.com/watch?v=-9WCVF8u5uk

espero que te guste

lu dijo...

Bonito enlace, María. Muchas gracias. A veces youtube es más potente que las palabras.