26/1/10

Pasar a diario ocho horas con alguien mientras tienes los ojos cerrados es una de las mayores aventuras que nos ofrece la vida. El paso de la vigilia al sueño y viceversa es un tránsito romántico del que pocas películas dan cuenta. El romanticismo comercial nos dice que los paseos bajo la lluvia compartiendo un paraguas lo son, que el otoño y las hojas secas en un parque lo son, que mirarse a los ojos durante una cena con velas lo es. ¿Pero qué hay de dormir? Cuando compartes tu vida con una persona compartes también tu sueño, al igual que tus manías, tus ruidos o tu forma de reaccionar cuando la sopa está demasiado caliente. Es animalidad. Los leones no sacan su pijama cada noche del último cajón de la cómoda ni ponen en hora su despertador ni dicen buenas noches. Pero seguro que tienen otros tics con sus parejas en las horas de sueño. Cuando las hembras salen a cazar y dejan a sus cachorros con el padre seguro que hay una última mirada de amor hacia la pareja durmiente. Salgo a cazar para ti, amor, pensarán; cuando venga te despertaré y desayunaremos juntos, no te muevas, quiero recordarte así, con tu melena tan soberbia posada en la tierra, tan noble.
Muchas veces, cuando me despierto, tengo esos mismos pensamientos. No te muevas, mi vida, quédate así, cuida de nuestros cachorros, volveré a la noche con alguna presa entre los dientes. Son cosas que no se cuentan en Love Story. No imagino a Ryan O'neal en este tipo de soliloquios, ni los directivos de la Paramount (?) lo hubieran aceptado. Pero es así. Somos animales evolucionados que han aprendido a utilizar la pala del pescado después de millones de años. La esencia permanece, los cuerpos dormidos que buscan la cercanía y el calor de otros cuerpos, la seguridad, el clan milenario que asegura la supervivencia.
Después de muchas noches compartidas te das cuenta de que el amor no duerme, utiliza la noche para trabajar, para ir construyendo su palacio invisible que un día te ofrece terminado. Me temo que no soy capaz de explicarlo mejor. Espero que entendáis lo que estoy diciendo. Hablo de sensaciones tan personales que hacen que mi pudor permanezca a mi lado con la cara tapada mientras escribo esto. Que me perdone también Ryan O'neal y su precioso descapotable que lucía en la película. Mi romanticismo es más humilde que el suyo y utiliza sus horas de sueño para tejer sus historias. Muchas noches sueño que soy Ovidio y que reescribo su arte de amar, le quito todas las referencias mitológicas e intento acercarlo a sensibilidades más de andar por casa. En el sueño Ovidio relee lo que escribo mientras se come mis galletas favoritas. No me importa. Al acabar cada folio asiente y después se queda mirando un buen rato a mi mujer dormida. Entre mirada y mirada llega el amanecer y todo vuelve misteriosamente a empezar.

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