11/1/10

Lo peor del invierno es lo poco que habla. Lo he notado esta mañana cuando salía de casa y mi urbanización parecía una de esas fotografías que ves en un blog tomadas por fotógrafos aficionados que se sienten orgullosos de sus logros. La postal era verídica, allí estaban los árboles blanqueados, los setos, la finísima capa de hielo que ya se estaba formando en las partes con menos nieve, los inmigrantes con sus escobones abriendo caminos practicables, rompiendo la armonía de la naturaleza que lo quería todo intacto y ecuánime. Pero la postal no hablaba. No pasa lo mismo con las imágenes del verano, otoño o primavera. El invierno es la estación muda. Parece que en estos meses el tiempo cerrase la boca y entregase sus mercancías al público diciendo mirad, esto es lo que hay, opinad vosotros, sacad conclusiones del dolor que sentís en las orejas cuando sopla el viento helado. El resto de estaciones se presta a la interpretación. Por ejemplo, el verano tiene voces polifónicas que se desatan constantemente en cualquier lugar. Una playa es un auditorio, por eso se llenan de espectadores que con la excusa del baño se sientan a escuchar lo que quieren oír.
El mutismo del invierno desespera. Todo es sordo cuando llega y alargando la mano nos tapa los oídos hasta que se va. El invierno es como las películas de Bergman, extensiones desoladas en las que los personajes practican la quietud asistiendo en silencio a la experiencia del tiempo. No me extraña que las culturas del norte produzcan este tipo de cine. No me imagino a un español rodando El Silencio, quedaría artificial, vano, porque nuestra experiencia del invierno se reduce a menos días y nunca llega a la categoría de estado mental. Quizá el cambio climático traiga con el tiempo un cambio cultural y veamos a un sueco haciendo comedias románticas a la italiana y a los italianos haciendo dramas intimistas al modo sueco. Es curiosa la influencia del clima en lo que somos y dejamos de ser. Somos muñecos de nieve o muñecos de sol, creo que al final todo se reduce a eso. Lo malo es que yo no me acostumbro a este silencio y mira que me gustan las películas de Bergman, pero me gusta verlas en la distancia, con la barrera geográfica de por medio, esa línea que me hace sentirme en casa.
¿Y qué hacemos con el invierno? Supongo que habrá que dejarle en su autismo, permitirle que juegue a convidado de piedra, que es lo que le gusta y a los niños parece hacerles mucha gracia.

1 comentario :

María Maza dijo...

La experiencia del invierno siempre es distinta dependiendo de dónde estas: creo que una de las cosas que más me gustan en esta vida es calzarme las botas y andar por el monte con treinta centímetros de nieve. El silencio, el silencio amortiguado por los copos de nieve cuando caen, sólo lo rompe la propia acción del agua, los pasos apresurados de algún bichejo (jabalíes incluidos), el rumor del trozo de nieve cayendo de la rama de un árbol... El verano es olor a resina de pino, tierra seca, grillos, crujir de madera. Pero el invierno... Desde luego en la ciudad el invierno es mucho más molesto, con todo ese hielo, y la sal, y los chupiteles... Pero en el monte es otra cosa :-)