4/1/10

Ayer corrí por el Valle de la Muerte con mi hija Mireia. Íbamos en un buggy rosa que llevaba una rueda de repuesto atrás y varios bidones de gasolina. Corrimos contra unos tipos muy duros que desde el principio de la carrera nos dejaron las cosas muy claras, no habría piedad, no se dejarían ganar por el hecho de que mi copiloto fuera una niña de tres años. Estaba amaneciendo, los motores rugían, el tipo del camión que teníamos al lado nos miró con su peor sonrisa, en ella se leía la palabra muerte con letras de fuego. Pero no nos dejamos amedrantar. Mi dedo no tembló al presionar R1 para que nuestro vehículo saliera disparado y entrásemos por el puente los primeros. Las motos volaban, una de ellas nos adelantó y comenzó a zigzaguear ante nosotros. Mireia no tenía miedo. Mireia comía ganchitos y decía papá, papá, ahora yo, déjame a mí. Yo le daba el mando y ella se estrellaba y caíamos por un barranco con nuestro buggy en llamas. Mireia reía y yo pensaba que la vida era eso, conducir en buena compañía despreciando las inclemencias, desoyendo la ferocidad del peligro que encuentras en el camino. A los pocos segundos íbamos últimos. Durante un segundo nos quedamos solos. Mireia no quiso avanzar y nos quedamos contemplando la belleza digital de la vida, las montañas, las nubes rosadas que poblaban el horizonte como presagio de un más allá que quizá veríamos un día. Tomé el mando y continuamos la carrera. Pasamos por un cementerio de coches. Pasamos por una casa abandonada, ¿quién vivió allí y dónde estará ahora que los vehículos pasan cada día por su lado embarrando el recuerdo de otros días en los que la felicidad era silenciosa y nadie competía por nada?
Mireia se cansa enseguida. Me dice que juguemos a lo del muñeco. Quiere abandonar el Valle de la Muerte y visitar otro mundo en el que no haya tanto ruido. Antes de hacerlo quiero llegar a la meta. Sé que llegaré el último pero no me importa. Debo hacerlo por ella, quiero que vea la pancarta, que algún día recuerde todo esto con benevolencia y diga que atravesó la nada con su padre una tarde de invierno. Hemos perdido la rueda de repuesto, los bidones de gasolina salieron disparados al chocar contra aquel camión, tenemos el vehículo en muy mal estado, pero queremos llegar. Ya falta poco. Siempre falta poco cuando ya no puedes más. Creo que este juego está inspirado en el caso más real de todos: nuestras vidas, nuestras travesías particulares por todos los desiertos que nos inventamos o que nos ponen en el camino. Me duele ya el dedo de apretar el mando pero casi estamos, queda menos de media vuelta y la multitud de las gradas nos recibirá como héroes. Soy Héctor y me acompaña mi hija. El cielo parece querer decirnos algo. Su luz se vuelve más clara. El sol tampoco quiere perderse el final de esta carrera. Mireia observa la pantalla y se ríe. Está hablando con su conejo de trapo. Quizá le esté contando que vamos a ganar.

2 comentarios :

historietas minimas dijo...

Increíble.
De algo tan pequeñito como una partida de un videojuego, a algo tan inmenso. Eso es hacer magia.

lu dijo...

Esther, Rafa, me alegro que os haya gustado algo tan pequeñito. Me ha encantado vuestro comentario.

Un saludo