17/9/09

Su madre le cuenta siempre que dentro de los semáforos viven pájaros y él la mira con su cara de juguete estropeado y no dice nada. Debe ser difícil aparentar naturalidad a diario, fingir que no pasa nada, que es como los otros niños pero que tuerce un poco más la cabeza que ellos y que eso le da otra perspectiva, otra manera de entender lo que le rodea.
Cuando estaba embarazada le hicieron las pruebas y le dijeron que había un sesenta por ciento de riesgo; para sus lágrimas la noticia fue como sangre para los tiburones, tuvo que luchar durante unos segundos doblando con fuerza los dedos de los pies dentro de sus zapatos para que el médico no la viera derrumbarse en la consulta, al final las lágrimas no salieron y ella se agarró como pudo a ese cuarenta por ciento que le quedaba y no quiso escuchar más. Después nació. En la clínica todos le agarraban muy fuerte la mano: su marido, su madre, dos amigas del trabajo que vinieron, hasta su hijo mayor que apenas superaba la altura de la mesita de noche agarraba su mano muy fuerte sin decir nada. Fue extraño. Ella pensaba que era como mezclar un entierro y un bautizo en una misma habitación, las flores eran rojas y negras a la vez y eso desconcierta por mucho que todos jueguen a demostrar apoyo.
Luego el niño creció y fue llenando de amor cada hueco de su vida. A veces, cuando duerme en su cama, entre su marido y ella, le pasa la mano por encima para no despertarle y se queda oliéndole, le huele el pelo y el pijama limpio y eso le ayuda a que los demás problemas salgan deprisa por la ventana y el dormitorio se quede en paz. Muchas veces sueña que un rey vigila su sueño, un rey con una espada dorada que sostiene en alto toda la noche por ella; el rey no es Dios, sólo es alguien que hace justicia.
Yo les veo muchas veces en la piscina, este verano el niño ha aprendido a nadar; su madre le coge en brazos y le tira al agua y él se ríe; creo que eso le hace más gracia que lo de los pájaros que viven en los semáforos. Al caer al agua ella sonríe por dentro como a nadie he visto hacerlo, supongo que en ese momento da gracias del día que se agarró tan fuerte a su cuarenta por ciento. No creo que piense que Dios es injusto, incluso no creo que le pida cuentas o que mire al cielo con rabia. Para ella Dios debe ser el supervisor de la fábrica de juguetes, el que antes de cerrar las cajas certifica que ninguno sale defectuoso. Cuando salió el suyo Dios debía estar dormido o distraído escuchando la radio, quién sabe. O no. O le vio salir y se lo mandó como el que manda un mensaje en una botella de plata.

2 comentarios :

Ramón dijo...

Me ha encantado Luís, no conocia tu vena literaria, pero veo que es fuerte y fertil.

Sigue pariendo esas piezas, cortas pero intensas.

Un abrazo

lu dijo...

Muchas gracias, Ramón; espero que sigas leyéndolo mucho tiempo.

Un abrazo