22/9/09

Esta mañana escuchaba música del renacimiento español en el metro. Lo bueno de escuchar música del renacimiento español en el metro es que nadie se entera de que lo haces ni llega a sospechar que tras tu mirada se va transformando el escenario hasta tal punto que esa señora de mirada inquisitiva y un poco estrábica se pueda convertir en una duquesa de pesados ropajes que espera ser recibida por el rey. Nadie está a salvo en un transporte público cuando hay un pasajero escuchando música del renacimiento español. Otro caso: el túnel que une la estación de Príncipe Pío con la de Plaza de España está flanquedo por antorchas, su luz tiembla al paso del convoy y hace reflejar estampas de ángeles en el aire, fogonazos antiguos que huelen a incienso y a aceite quemado. Hacia la mitad del túnel hay unos pasadizos que comunican con los sótanos de palacio, ¿de qué palacio? te preguntarás, eso da igual porque todos los palacios son el mismo. Algunos días, cuando viajo sin mucha prisa, me bajo del vagón y los recorro extasiado, me dejo llevar por el sonido lejano de las violas de gamba, de las vihuelas de mano y los panderos de amarillenta tripa que los músicos golpean quizá pensando en sus propios asuntos amorosos y no en el entretenimiento cortesano. La emoción de esas melodías me lleva a lugares que ignoro pero que en ningún caso me son ajenos. Puedo caminar por bosques milenarios y sentir la pereza del sol de septiembre sobre mis hombros. Puedo tumbarme sobre un pasto y esperar a que la brisa ordene mis sentimientos con su peine. Puedo ser aquel caballero que vivió tres vidas, que combatió en Flandes, que amó en Palermo, incluso el que lloró en la oscuridad de la bodega de un barco rumbo a Túnez. Soy uno y soy mil, eso es lo que me dice la música, las cornetas de madera y las de marfil, el suave remilgo de las voces de las damas que intuyo desde mi pasadizo. Si de verdad no tengo prisa ese día me tumbo allí y me dejo llevar; pero esta mañana andaba mal de tiempo y tuve que pasar de largo hasta que llegó mi estación. El final del verano siempre es una época difícil para estas cosas.

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