27/6/09

El ascensor lleva varios minutos bajando, las puertas por fin se abren y pasamos a un campo de flores heladas. Una mujer pelirroja sostiene unas mazas de xilófono en sus manos: es lo que esperaba; quiero que toque para mí y para estos ejércitos de hormigas plateadas que intuyo en alguna parte. Siempre que viajo en ascensor lo hago con un pequeño ventilador a pilas que enfrento sin rubor a mi cara para que el sudor no me delate. La mujer pelirroja toca cada vez más fuerte; sus ojos me dicen que está convencida de algo, algo que debo descubrir por mí mismo en este viaje. Avanzo entre las flores, mis piernas rozan los tallos fríos. Antes de bajar aquí era verano en mi hemisferio y los perros buscaban las perpendiculares de la sombra y los rincones aireados, prudencialmente cerca del perímetro de sus amos. Sigo avanzando. Siento que las pilas del ventilador flaquean, pronto sus aspas pararán y me tendré que acostumbrar al reguero de mi sudor recorriendo hacia abajo mi cuerpo. La mujer ha dejado de tocar y se ha tumbado sobre las flores, sobre ella juegan las hormigas a ser plata líquida, intuiciones de luz sobre un cuerpo dormido.

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