23/11/08

El otro día me tomé una copa con uno de mis mejores amigos. Hablábamos del libro de poesía que voy a sacar ahora (creo) antes de fin de año. El libro se titula "Música ligera" y en cada página suena un trozo de una canción de las que escuchaba en casa de mis padres a principios de los años setenta. Música ligera que, de alguna forma, dibujó los planos de mi temprana educación sentimental. A mi amigo le gustó la idea, sus ojos brillaban instalados en algún lugar del horizonte del bar. Las palabras tienen poder de evocación. Al usarlas deberíamos tenerlo en cuenta. En la parte de atrás de ciertas palabras debería haber un recuadro advirtiendo del peligro: "Esta palabra tiene un 75% de poder de evocación. No la agite. No la exponga a la luz directa". Los ojos de mi amigo buscaban imágenes de su padre conduciendo el coche familiar, sus manos agarraban el volante, dos agujas de un reloj que marcaba las dos menos diez. Llevaba puestos unos guantes de conducir, de esos de cuero marrón y sin dedos, muy de la época. Sonaba Paul Mauriat mientras la familia se desplazaba lentamente hacia el sur, camino de alguna playa solitaria de Huelva.
Estábamos tomando whisky con coca cola light. Estábamos en un falso pub irlandés con falsos cuadros de época en las paredes. A pesar de todo se estaba bien. Te subía por el cuerpo un calor antiguo y acogedor que los dueños de la franquicia habrían tenido en cuenta al principio, cuando el asunto de los falsos adornos de pared todavía eran una idea vaga en sus conversaciones. 
La música sonaba, la de dentro empezó a ganar a la de fuera. Paul Mouriat estaba a nuestro lado, había entrado con dos mujeres muy altas, una de ellas llevaba en brazos un chiguagua con un lazo amarillo. Pidieron champán. Joder, sólo Paul Mauriat podía pedir champán en un falso pub irlandés. Aquel tipo debía ser un genio. 
Acabamos la copa y nos fuimos. Los dos tenemos hijos y no nos gusta llegar demasiado tarde a casa. Los niños habrían cenado ya (mis hijas, al menos, sí) y la mala conciencia se dispara cuando abres la puerta y compruebas que ya se han acostado. 
Cuando llegué a casa las luces estaban apagadas. Mi mujer y mis hijas dormían. Me metí en la cama y no podía dejar de pensar en las manos del padre de mi amigo conduciendo un coche que ya no existe.



No hay comentarios :