20/10/08

Vivo en un recipiente hermético. A mi lado podrían almacenar sacos de arroz o legumbres sin miedo a que se echaran a perder. Vivo en un envase protegido contra la maléfica acción del oxígeno, a su interior sólo accede la mezcla justa de aire que me proporciona la subsistencia. Una vida al vacío tiene sus pros y sus contras. A favor tiene la sensación de alivio de pasar inadvertido. Uno no se mancha con las salpicaduras de la realidad. Permaneces inerte a todo. Cierto es que la música no llega con facilidad y que cualquier terceto de cuerda de Beethoven parece una musiquilla publicitaria escuchada en una alcantarilla. Aspectos negativos a tener en cuenta: la luz nunca es la misma que asomado a una ventana; se trata de un resplandor blanquecino como el que emite la luz de una nevera. El rumor de las conversaciones es un moscardeo distorsionado que llega a confundirse con un pitido prolongado de oídos. 
Pero en mi recipiente también existe la primavera, y no me refiero a ningún cartel de la baja baviera, rebosante de amapolas, que tenga colgado en la pared. Hablo de la auténtica sensación que deviene al invierno, ese tumulto indeterminado que recorre la piel y la vista como un animal encabritado. 
Dentro se está bien y hay más gente; otras personas que optaron por el hermetismo como forma filosófica de vida. Sin alardes ni manifiestos. Con su silencio como bandera nacional. 
Sí, siempre existe la tentación: abrir la tapa y asomar la cabeza, que la lluvia real te moje la ropa, que la luz no esté filtrada y todos los etcéteras que el sentido común tendría la amabilidad de enumerar. También existe la tentación opuesta, su antónimo y sombra: permanecer así por siempre hasta que la mezcla cotidiana de aire deje de entrar, hasta que las células declaren su apatía por la vida y se vayan entregando a la muerte, exhaustas. 

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