28/10/08

El otro día me compré un sacapuntas eléctrico. Al llegar a casa le puse las pilas con cierta emoción. Recordaba una película de hace muchos años en la que un ejecutivo tenía uno en su despacho y se pasaba el día afilando lápices. El tipo iba impecablemente vestido, quizá demasiado para hacer lo que hacía. Metía el lápiz en el cacharro y miraba por la ventana satisfecho; el lápiz salía como una espada que muy bien podría hincarse en la carne de alguien.
Mi sacapuntas eléctrico resultó un fraude. Su pequeño motor no podía sacar punta a nada. Me puso triste la falta de honestidad de ciertos fabricantes. ¿No serán conscientes de la decepción que produce un producto que no cumple las expectativas que ha generado? 
Ahora está sobre mi mesa, inútil, condenado a un uso residual, marginado de los objetos bellos que se ganan su aprecio con trabajo y transparencia. Es difícil ser lo que uno es. Estar a la altura. Decir: "Mañana te llamo y nos vemos" y que amanezca el día y la palabra sea cumplida. Las cosas se están volviendo como las personas que las fabrican. Su moral se ha contagiado. "Miente y que no te importe porque la niebla siempre lo acaba cubriendo todo. Nada perdura, ni las voces de los muertos se oyen en los valles, son hilos que se pierden y decaen." Es absurdo ocupar un lugar en el mundo con mentiras. Aberrante es suponer que nuestros días han sido ocupados diseñando falsedades. ¿Qué pensaría Hamlet de un sacapuntas eléctrico incapaz de funcionar? Quizá el valeroso príncipe cabalgaría varios días ininterrumpidos hasta llegar a la fábrica que los ha creado, y allí llamaría al responsable para que rindiera cuentas. Los empleados cesarían su actividad y se congregarían frente al príncipe en absorta manada. La espada de Hamlet perforaría la piel del gerente con su filo. "Aprende a honrar tu trabajo y no hagas que la mentira campe feliz por tu casa", le diría mientras la sangre del empresario brotara rabiosa entre sus manos.
Pero Hamlet no está y todos los productos defectuosos se alegran por ello; hasta sus creadores ríen felices ante la impunidad y felices se arrojan a sus piscinas climatizadas mientras el resto contemplamos nuestros objetos desdichados y aprendemos lentamente a vivir en su anomalía.

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