8/9/08

Hace años que intento escribir una novela. Aprovecho sobre todo los veranos, cuando el rumor de la depuradora de la piscina acompaña mi silencio, mientras mis hijas duermen boca abajo agarrando con fuerza algún muñeco o pieza de un juego para velar su sueño.
La novela no llega a veinte páginas. Nació con las ruedas de atrás metidas en el barro y mi cabeza no es capaz de sacarla de allí. Me gustaría llamar a una grúa literaria, que viniera con sus aparejos y su determinación. "Veamos, ¿cuál es el problema?" me preguntarían. "Es la trama", diría yo. Al minuto comprobarían que no hay tal trama. 
La novela (digamos las ruedas de delante) empieza con la muerte de mi abuelo en 1993. Recuerdo sus zapatos relucientes y su traje oscuro escondiendo su cuerpo, golosina para las moscas que cortejaban el féretro en medio del verano. 
Una buena muerte ayuda a que las teclas cojan carrerilla, pero cuando hay que saltar siento un chasquido en mis rodillas que dicen: "no, aun no". Cada verano siento la obligación de abrir el documento, de sufrir, de despertar a mis hijas con el ruido de un motor enloquecido que no es capaz de mover nada. Este verano me he resistido. ¿Qué quiero demostrar? No hace falta escribir una novela; posteridad es un término anticuado que suena a monolito o a bicarbonato. Mis hijas siguen durmiendo. Los restos de mi abuelo serán ya cenizas y componentes químicos listos para integrarse en el ciclo de la vida. Quizá no pasó nada extraordinario aquel verano, 1993. 
Y ahora, que mi novela descanse en paz si puede. Yo me bajo a la piscina.

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