27/9/08

El otoño, en un gesto plenipotenciario, ha velado las últimas fotografías del verano. Le gusta inventar de pronto cielos color chocolate donde antes reinaba el intenso azul. Esos pasatiempos le dan hambre, por eso hoy tu corazón será su cena, que masticará despacio frente a la chimenea. Tráele sus zapatillas viejas. Alisa su periódico. Y, sobre todo, ten paciencia. Dentro de tu piel hay ciudades submarinas que viven ajenas a las estaciones, regiones enteras en las que siempre luce el sol y la música sale por las ventanas de sus bares plateados. El otoño viene cada año con su carpeta de polipiel llena de facturas, ensaliba sus dedos frente a tu puerta y coge la tuya, la que lleva tu nombre en tinta indeleble junto con un dibujo que explica cómo eras exactamente hace veinte años. Ríete de él. Llámale funcionario. Adviértele de su insoportable hedor a pis rancio. Crúzale la cara. Sé rápido. Si te toca con sus manos se te apelmazará la sangre, serás un triste muñeco de bizcocho relleno de crema de sangre y caerás a plomo en mitad de una calle.

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